Entre fatalismos heredados y titulares sombríos, aún queda un resquicio para la luz
Imagen obtenida con la ayuda de la IA de Microsoft
07 abril 2026
- Dado que últimamente la llamada Ley de Murphy se está manifestando como férrea admiradora de mi existencia, quisiera romper una lanza en favor de la fuerza del destino la cual es, a mi juicio, muy superior a cualquier pretendida ley que contribuye a alimentar la existencia del fatalismo extremo.
- Hablamos de la predestinación y decidimos creer en su existencia apoyando agrios y consentidos esfuerzos en convencernos de su presencia.
- Por otra parte, creemos —o así nos enseñaron desde que aprendimos a ser personas de nuestro tiempo— que los malos siempre viven mal y acaban mal su existencia, es decir, viven en las tinieblas de la Sociedad que los construye de forma indeseable; y, claro, por otra parte, nos enseñan que los buenos siempre ganan las batallas de todo tipo, sí, las sociales, las profesionales, las familiares, y para ello viven una vida de ensueño y muy felizmente.
- Esta mañana escuché la radio bien temprano (las noticias), luego leí apresuradamente las portadas de los periódicos digitales… y aquí me paro. Sí, con ello aprendí que todo lo que he escrito más arriba necesita, indudablemente, un toque de realidad extrema.
- Y, sin embargo, mientras avanzaba entre titulares sombríos y certezas prestadas, comprendí que la realidad —esa que a veces nos sacude y otras nos sostiene— no está reñida con la esperanza. Que incluso en los días en que Murphy parece llevar las riendas, siempre queda un resquicio por donde se cuela la posibilidad de un giro inesperado, de una luz discreta pero firme. Quizá no podamos domesticar el destino, pero sí acompañarlo con dignidad, con humor y con la convicción íntima de que, pese a todo, la vida sigue empeñada en ofrecernos pequeñas victorias que no hacen ruido, pero que sostienen el alma. Y eso, al final, también cuenta.

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