Pequeños gestos que alargan la vida, acercan las almas y dibujan mañanas más amables
20 marzo 2026
- Cuando hablo de estirar los brazos siempre lo hago en broma, como si fuera una travesura inevitable de la edad. Que si alargarlos para poder leer lo que ya no vemos, que si para alcanzar los calcetines sin negociar con la gravedad, que si para rascar ese punto de la espalda que parece puesto ahí para recordarnos que, a veces, necesitamos de otro para sentirnos completos.
- Pero hoy no hablo de esos brazos. Hoy hablo de los otros, de los invisibles, de los que no salen en las radiografías, pero sí en la vida. Hablo de esa forma de estirar los brazos que no busca distancia, sino cercanía; que no pretende alcanzar objetos, sino almas.
- Esa forma de abrirlos que aprendemos con los años, cuando descubrimos que lo esencial no se toca con las manos, sino con la intención.
- Esos brazos que se alargan para abrazar sin prisa, para sostener sin exigir, para acompañar sin ruido. Esos brazos que, cuando los extendemos, hacen que el mundo sea un poco más amable, un poco más habitable, un poco más nuestro.
- Y quizá ahí esté la clave del futuro: en seguir aprendiendo a estirarlos así, no para alejarnos de lo que cuesta, sino para acercarnos a lo que importa.
Nota fuera de tiempo:
- Mi Santa Madre solía decirme —yo ya adolescente, pero aún dispuesto a escucharla— que los abrazos verdaderos son aquellos en los que el alma se asoma al cuerpo, y el cuerpo se deja tocar hasta el hueso. Que cuando dos espaldas se encuentran y dos pechos se rozan, no es la carne lo que importa, sino ese temblor silencioso que nos recuerda que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos bien.

Un abrazo sincero, no ese de colegas tras una fechoría, te une con la vida.
ResponderEliminarUn abrazo.