Un recuerdo en la Plaza de la Catedral de Barcelona, a las tres en punto, cuando mi Padre me enseñó que algunos gestos guardan más verdad que mil palabras.
03 abril 2026
- Cada Viernes Santo, cuando el reloj marca las tres en punto, vuelve a mí un recuerdo que no se ha borrado nunca. Mi Padre tomándome de la mano y llevándome a la Plaza de la Catedral de Barcelona, donde el silencio se hacía más hondo que cualquier palabra. Allí empezaba el rezo de las llagas de Jesús, un rito sencillo y solemne que, sin yo saberlo entonces, estaba grabando en mí una forma de mirar la vida.
- No sé si aquello era tradición, fe o simplemente un gesto de amor de un padre hacia su hijo. Quizá era todo a la vez. Lo cierto es que, con los años, he comprendido que no se trataba solo de repetir un rito, sino de aprender a detenerse, a escuchar, a sentir que hay momentos que merecen ser vividos con respeto.
- Hoy, cuando muchos se preguntan qué queda de aquellas costumbres, yo vuelvo a ese instante en la plaza. Y descubro que las tradiciones no desaparecen: se transforman en memoria, en gratitud, en una forma de estar en el mundo.





