Hay noticias que humedecen los ojos, pero también nos permiten agradecer la fortuna de haber compartido una parte de la vida con personas inolvidables
Robert Doisneau-1955
- Hoy me gustaría rendir un homenaje emocionado a todos aquellos compañeros de trabajo que un día lo fueron, a los amigos de toda la vida y también a esas personas que, aun sin haber mantenido una relación muy estrecha con nosotros, empiezan muchos de todos ellos a caer como piezas de aplacado en un viejo edificio mal construido con la calidad y economía de su momento.
- Es normal. Nuestra generación aprendió a vivir dejando muchas plumas en cada batalla que la vida nos fue planteando, y eso nos unía mucho a quienes formábamos aquellos grupos de amigos, compañeros de trabajo e incluso vecinos. Además, ya tenemos todos una cierta edad, nos decimos unos a otros
- Sí, así es. Recuerdo que los vecinos de la escalera de mis padres, apenas ocho familias, eran casi como parte de la familia. Compartíamos alegrías, preocupaciones y pequeños momentos cotidianos. Hoy, en cambio, apenas nos saludamos con los vecinos actuales. ¿Qué es lo que hoy ha cambiado?
- Quizá no seamos tan distintos como creemos. Tal vez sea el ritmo de vida, la prisa permanente, las puertas que permanecen cerradas y las pantallas que ocupan el lugar de las conversaciones. Antes conocíamos los nombres, las historias y hasta las penas de quienes vivían a nuestro lado; hoy, muchas veces, compartimos rellano durante años sin llegar a conocernos de verdad. Hemos ganado comodidad, pero tal vez hemos perdido una parte de aquella cercanía sencilla que convertía una escalera en una pequeña comunidad y hacía que nadie se sintiera completamente solo.
- Bueno, además ¿a qué vienen hoy esas lágrimas?
- Pues resulta que uno de ellos, un gran amigo y compañero de profesión con quien compartí tantos años de trabajo en la misma empresa, fue protagonista involuntario de un momento que me ha golpeado el corazón. Esta mañana le envié uno de esos mensajes que tanto ayudan a mantener vivos los afectos cuando se utilizan con cariño. Pero no fue él quien respondió. Lo hizo su esposa para decirme que ya no podía contestar porque el maldito Alzheimer se había adueñado de su voluntad, de sus recuerdos y de buena parte de su mundo.
- No he podido evitarlo. He llorado como un niño.
- Son ya muchos los que, poco a poco, van cayendo como bolos en una bolera, dejándonos cada vez más ancho el camino de la supervivencia. Y uno empieza a comprender que la verdadera riqueza que atesora no está en lo que posee, sino en las personas que le acompañaron durante el viaje.
- Por eso hoy quiero hacer una sencilla apología de la amistad sincera, de los viejos y buenos tiempos, de las risas compartidas, de los esfuerzos comunes y de todas esas beldades que la vida nos regaló a través de quienes caminaron a nuestro lado. Porque las amistades verdaderas no desaparecen del todo; permanecen en la memoria, en una fotografía, en una anécdota que vuelve sin avisar o en una emoción que nos humedece los ojos cuando menos lo esperamos.
- Quizá la edad tenga estas cosas. Nos va dejando más recuerdos que proyectos, más nombres en el corazón que alrededor de una mesa. Pero también nos enseña a valorar cada encuentro, cada conversación y cada gesto de afecto con una intensidad que antes no conocíamos.
- Hoy he llorado por un amigo. Pero también he sonreído al recordar todo lo vivido junto a él. Y mientras siga recordándolo, una parte de nuestra amistad continuará en su recuerdo.







