19/10/26

Cuando uno empieza a quedarse solo

Imagen obtenida con la ayuda de la IA de Google

19 octubre 2026

- Esta mañana he compartido una larga charla en el bar del hospital con un amigo de los de toda la vida. Tiene 82 años (viudo desde el 2018), y, aunque conserva la cabeza clara y el corazón despierto, me ha confesado algo que me ha dejado pensando durante horas:

"Estoy desanimado".

- No era una queja. Tampoco una llamada de atención. Era el desahogo sincero de alguien que empieza a sentir cómo la vida va estrechando poco a poco los caminos por los que antes transitaba con naturalidad.

- Tres de sus amigos están ingresados en el hospital con enfermedades de mal pronóstico. Otros dos padecen problemas de memoria que apuntan hacia un deterioro irreversible. Sus familias han tenido que tomar decisiones difíciles: vender la vivienda de toda una vida para costear una residencia donde puedan recibir la atención que necesitan.

Y mientras tanto, él sigue aquí.

- Con achaques en el corazón, la próstata y los pulmones. Con dificultades para caminar. Con el coche convertido en una tabla de salvación para mantener una pequeña parcela de independencia. Con el miedo creciente a desplazarse demasiado lejos por si las fuerzas fallan en el momento menos oportuno.

Lo que más le pesa, sin embargo, no son las enfermedades:  Es la soledad.

- Cada vez ve menos a sus amigos porque apenas pueden reunirse. Incluso le cuesta preguntar por ellos. Dice que cada vez que lo hace recibe la noticia de una nueva ausencia, de un nuevo ingreso o de una nueva limitación.

- Sus hijos le quieren profundamente. No tiene ninguna duda de ello. Pero la vida moderna corre deprisa. Dos viven en Madrid, otro en Palma y su hija, que reside cerca de él, en la Playa de San Juan, hace cuanto puede para ayudarle. Ella misma tiene bastante con cuidar de un marido dependiente que necesita atención constante.

Afortunadamente hay una luz que sigue entrando por la ventana:  Su nieto.

- Es él quien le está enseñando a hacer pedidos por internet, a manejar aplicaciones que hace apenas unos años parecían reservadas para otras generaciones. Cuando habla de él, cambia el tono de su voz. Aparece una sonrisa. La misma que surge cuando me cuenta cualquier pequeña aventura compartida.

- Y escuchándole he comprendido que, a determinada edad, la mayor enfermedad no siempre está en el cuerpo.
A veces está en la sensación de volverse invisible.

En creer que el mundo continúa girando sin uno.

En pensar que ya no se ocupa espacio en la vida de los demás.

Sin embargo, sospecho que ahí es donde se esconde el gran error.
- Porque una persona no deja de existir cuando envejece. No desaparece cuando ya no trabaja, cuando camina despacio o cuando necesita ayuda para hacer la compra. Sigue siendo un padre, un abuelo, un amigo, un vecino, un depositario de recuerdos, experiencias y afectos que ninguna inteligencia artificial podrá almacenar jamás.

Le pregunté qué pensaba hacer.

- Me habló de pasear con el coche cuando el cuerpo se lo permita. De visitar a su hija. De recoger al nieto a la salida del colegio algunas tardes. De acompañarle mientras hace los deberes o simplemente escucharle contar sus historias.

- No creo que esas cosas empeoren nada.

- Al contrario.

- Son precisamente las pequeñas tareas las que nos mantienen unidos a la vida cuando las grandes metas ya quedaron atrás.

- Llegamos a una edad en la que quizá no podemos correr, pero sí acompañar.

- Quizá no podemos construir una casa, pero sí transmitir serenidad a quienes la habitan.

- Quizá no podemos cambiar el mundo, pero sí mejorar una tarde cualquiera para alguien que queremos.

Y entonces apareció la pregunta inevitable.

- ¿Cómo esperar el final del camino sin miedo?

- No conozco una respuesta definitiva. Creo que nadie la conoce.

- Los creyentes encuentran consuelo en la fe. Otros lo encuentran en la filosofía, en la aceptación de que la muerte forma parte natural de la existencia. Muchos lo hallan en el cariño recibido y entregado durante los años.

- Pero quizá la tranquilidad no consista en dejar de tener miedo.

- Tal vez consista en comprender que hemos vivido.

- Que hemos amado.

- Que hemos sido importantes para alguien.

- Que nuestra presencia ha dejado huella.

- El miedo a la muerte probablemente nos acompañe siempre en mayor o menor medida. Lo que sí puede disminuir es el miedo a haber vivido en vano.

- Y eso, mientras hablaba con mi amigo, tuve la sensación de que él ya lo tenía resuelto.

- Porque un hombre que todavía tiene una hija que le ayuda, unos hijos que le quieren, un nieto que le enseña cosas nuevas y una ventana desde la que contemplar la vida pasando frente a sus ojos, quizá no esté en el final de la historia.

- Quizá simplemente esté aprendiendo a leer despacio las últimas páginas.

- Y también esas páginas merecen ser vividas. Con serenidad. Con gratitud. Y, sobre todo, con la esperanza de que mientras haya alguien a quien querer y alguien que nos quiera, seguimos formando parte de este mundo.

17/10/26

Hogueras que ya no arden igual

Fotografía de Henri Cartier Bresson

17 octubre 2026

- Hubo un tiempo en el que mantener la calma ante un enfrentamiento era poco menos que una derrota. Bastaba una discrepancia política, una diferencia profesional o una simple opinión contraria para que el orgullo entrara en escena dispuesto a defender su territorio.

- Entonces parecía obligatorio responder. Había que demostrar que uno tenía razón, que no se dejaba pisar, que conservaba intacta su dignidad. Callar se confundía con rendirse. Ceder unos centímetros en una discusión equivalía, según creíamos, a perder varios metros de respeto.

Y así alimentábamos pequeñas hogueras cotidianas.

- Algunas nacían en reuniones de trabajo, otras en sobremesas familiares y muchas más en conversaciones que, vistas con la distancia de los años, apenas tenían importancia. Sin embargo, en aquel momento parecían asuntos trascendentales. Defendíamos nuestras posiciones con una energía que hoy resulta casi sorprendente.

¿Qué ha pasado desde entonces?

- Aquellas llamas, que antes parecían incendios inevitables, hoy apenas alcanzan la intensidad de uno de esos mecheros de plástico que sirven para encender un cigarrillo o las velas de un cumpleaños. El combustible es el mismo, porque las discrepancias siguen existiendo. Lo que ha cambiado es nuestra forma de acercarnos a ellas.

Tal vez sea simplemente el paso del tiempo.

- Los años tienen una curiosa habilidad para enseñarnos qué batallas merecen realmente el desgaste y cuáles sólo alimentan el ego. Descubrimos que tener razón no siempre es tan importante como conservar la paz. Comprendemos que muchas discusiones no se ganan convenciendo al otro, sino evitando que nos roben la tranquilidad.

- Quizá también sucede que la energía ya no es infinita y aprendemos a administrarla mejor. Antes estábamos dispuestos a gastar una tarde entera defendiendo una opinión. Hoy preferimos reservar esas fuerzas para lo que verdaderamente importa: una conversación sincera con un amigo, una preocupación familiar o una causa que de verdad merezca ser defendida.

No sé si nos hemos vuelto más dóciles.

- Personalmente, creo que no. La docilidad implica resignación, y la mayoría de quienes hemos llegado a cierta edad no nos sentimos resignados. Más bien ocurre que hemos aprendido a distinguir entre la firmeza y la obstinación. Seguimos teniendo convicciones, pero ya no sentimos la necesidad de exhibirlas en cada esquina.

- Hemos descubierto que no todas las provocaciones exigen respuesta, que no todas las opiniones requieren réplica y que no toda discrepancia merece convertirse en combate.

Quizá la verdadera madurez consista en eso.

En comprender que el silencio, algunas veces, no es cobardía sino inteligencia. Que retirarse de una discusión estéril no significa perder. Y que la serenidad no nace de tener menos carácter, sino de haber aprendido cuánto vale la pena protegerlo.

Hoy las viejas hogueras apenas producen una pequeña llama.

- Y, lejos de preocuparme, creo que es una buena señal. Significa que el fuego continúa ahí, pero al fin hemos aprendido a decidir cuándo merece la pena encenderlo.

15/10/26

La delicada tarea de no perder la vida

Entre el asombro de existir y el riesgo de alejarnos de nosotros mismos, cada día es una invitación a permanecer despiertos

Fotografía de Robert Doisneau

15 octubre 2026

- Hay instantes en los que basta una mirada al mundo para sentir que todo es un milagro discreto. La luz que entra por la ventana, el vuelo confiado de un pájaro, el silencio que nos abraza sin pedir nada a cambio. Pequeñas señales que nos recuerdan que la vida sigue siendo un misterio hermoso.

- A veces, incluso, resulta difícil comprender que algo tan extraordinario como existir pueda ser real. Y, sin embargo, ahí está: latiendo en cada emoción sincera, en cada momento de calma, en cada destello capaz de devolvernos el asombro.

- Vivimos pensando que caminar por la vida debería ser sencillo. Pero basta una distracción prolongada, una renuncia a nuestra verdad o una dirección equivocada para comenzar a extraviarnos. Y cuando dejamos de escucharnos, cuando olvidamos lo esencial, corremos el peligro de perder precisamente aquello que daba sentido al camino.

- Por eso conviene cuidar la brújula cada día. Detenerse de vez en cuando, agradecer lo que permanece y celebrar lo que llega. La vida no exige que la comprendamos por completo; basta con vivirla despiertos, con el corazón abierto y la alegría suficiente para seguir asombrándonos.

13/10/26

La urgente necesidad de reírse un poco

Un francés, un alemán, un español

Imagen creada con la ayuda de la IA de Microsoft

13 octubre 2026

- Hay días en los que conviene abrir la olla a presión. O, al menos, quitarle el silbato para que salga algo de vapor. Entre informativos que parecen partes de guerra, redes sociales enfadadas desde primera hora de la mañana y expertos que saben de todo y solucionan poco, uno acaba necesitando una pausa de las de verdad.

- Por eso hoy rescato este cuento que me envió hace años mi amigo Pepe, de Casa Pepe, gran maestro de los arroces y doctor honoris causa en cachondeo aplicado, aunque ya jubilado pues las hojas del calendario se caen para todos, incluso para él.
Estaban tres oficiales en una fragata realizando unas maniobras: un francés, un alemán y un español.

El francés, muy orgulloso de sus hombres, ordena:

¡Cabo Pierre! ¡Tírese al agua inmediatamente con este arpón, dé dos vueltas alrededor del barco y capture un tiburón blanco!

¡A sus órdenes, mi coronel!

El hombre se lanza al agua y, al poco rato, aparece con un magnífico tiburón.¿Han visto ustedes qué valor?

El alemán sonríe y decide subir la apuesta:¡Cabo Diermisch! ¡Al agua con este cuchillo! ¡Tres vueltas al barco y no regrese sin tres tiburones blancos!

Media hora después emerge con los tres escualos.Esto sí son hombres preparados.

El español, que contemplaba la escena sin alterarse demasiado, llama al suyo:

¡Cabo Pérez!

¡A sus órdenes!

¡Tírese al agua, dé cinco vueltas al barco y tráigame cinco tiburones blancos sin cuchillos, sin arpón y sin nada de nada! Solo con sus propias manos.

El cabo lo mira unos segundos y responde:Con todos mis respetos, mi coronel... ¡se los va a traer su santa madre!

Los otros dos oficiales se quedaron petrificados.

Y entonces el español, orgullosísimo, preguntó:¿Qué? ¿Tiene cojones o no tiene cojones mi cabo?

Todavía me gustaría ver la cara que puso el alemán.

Porque una cosa es el valor y otra muy distinta la confianza ciega en las ocurrencias de quien manda.
- Y ahora, si me permitís añadir algo de cosecha propia, diré que el buen humor se está convirtiendo en un bien escaso. Entre un mundo que parece disfrutar preocupándonos y unos políticos que, a menudo, parecen haber olvidado que también existe la sonrisa, conviene reivindicar la risa como un acto de higiene mental. Reírse no arregla los problemas, pero ayuda a llevarlos mejor. Y eso, en los tiempos que corren, ya es una victoria bastante respetable. Así que, cuando podáis, reíos un poco más. De vosotros mismos, de las pequeñas tonterías de cada día y hasta de los tiburones imaginarios que algunos se empeñan en ponernos delante.


11/10/26

Vida, amor, familia

Fotografía de Rene Maltete

11 octubre 2026

- Hace justo diez años escribía sobre una de las enseñanzas más profundas que recibí de mi padre. Con el paso del tiempo he descubierto que algunas palabras envejecen y otras, por el contrario, crecen. Las suyas pertenecen a este último grupo. Hoy siguen acompañándome con la misma fuerza que entonces, quizá incluso con más.

- El más grande filósofo que jamás haya conocido fue mi padre. No necesitó tratados ni cátedras para transmitir sabiduría. Le bastaba la vida. Esa vida observada con atención, vivida con honestidad y compartida con generosidad.

- Solía decirme que la felicidad no era un objetivo, sino una consecuencia. Una afirmación sencilla en apariencia, pero que encierra toda una manera de entender la existencia. Cuando somos jóvenes solemos perseguir la felicidad como quien persigue un destino lejano. Con los años comprendemos que, en realidad, aparece cuando hemos sabido recorrer bien el camino.

- Él repetía una y otra vez que había tres pilares fundamentales, tres realidades íntimamente unidas entre sí. Una llevaba a la otra de forma natural, como las piezas de un mismo engranaje. Si una faltaba, las demás terminaban debilitándose. Si una florecía, acababa impulsando a las otras.

- Necesité mucho tiempo para entender la profundidad de aquellas palabras. La experiencia se encargó de confirmarlas una y otra vez. Porque las cosas verdaderamente importantes rara vez llegan de golpe. Se construyen día a día, con esfuerzo, con constancia, con afecto y con la capacidad de mantener el rumbo cuando soplan vientos contrarios.

- Hoy, al volver la vista atrás, sigo encontrando en aquellas conversaciones una brújula fiable. Mi padre me enseñó que la felicidad no se encuentra tanto en lo que poseemos como en lo que somos capaces de construir y compartir. En los valores que nos sostienen, en las personas que caminan a nuestro lado y en el amor que somos capaces de entregar sin esperar nada a cambio.

- Por eso, al recordar sus palabras diez años después de haberlas escrito, vuelvo a sentir la misma convicción: la vida merece ser vivida intensamente, celebrada agradecidamente y compartida generosamente. Porque al final son los vínculos que creamos, el amor que ofrecemos y recibimos, y la familia que nos acompaña los que dan verdadero sentido a nuestra existencia. Y es precisamente ahí, en ese encuentro entre vida, amor y familia, donde la felicidad deja de ser una búsqueda para convertirse en una consecuencia natural.

09/10/26

Mi querida y turbadora amiga: La FSHD

09 octubre 2026

- Hace ya veinte años de aquella decisión que obligadamente tuve que tomar en tal día como hoy, día que es, precisamente, festivo en la Comunidad Valenciana. Para no equivocarme en su recuerdo dejaré aquí un artículo que sobre ella (la decisión y sus motivos), escribí en un día, también como hoy, de 2010. Espero no aburriros, para mí es como seguir manteniendo encendida la vela que sigue alimentando mi fe en el futuro que me quede y para que sirva, si se diera el caso, para alimentar la de otros que, con problemas muy parecidos a eso que el mundo de la investigación y hospitalario llama enfermedades raras, sufren la tormenta de una vida minusvalizada sin remedio:
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07/10/26

Las huellas del tiempo

Cuando cambiar también es un regalo

Fotografía de Robert Doisneau

07 octubre 2026

- Esta mañana, mientras intentaba ponerme un calcetín sin negociar con la espalda, me sorprendí pensando en cómo pasan los años. Los pies parecen crecer, el bigote ya no conserva aquel negro carbón de la juventud y hasta algunas comidas que antes formaban parte de la rutina han tenido que quedarse en el recuerdo.

- Podría parecer que son pequeñas derrotas del tiempo, pero prefiero verlo de otra manera. Cada cana, cada limitación nueva y cada adaptación forman parte del viaje. Son señales de que sigo aquí, aprendiendo a convivir con una versión distinta de mí mismo.

- Y la verdad es que no hay motivo para tristezas innecesarias. La vida cambia, sí, igual que cambia para todos. Lo importante es recibir cada amanecer con gratitud, sonreír ante el espejo y agradecer que, a pesar de todo, mi corazón sigue latiendo con fuerza para regalarme un día más.

- Terminaré escribiendo que mientras haya un nuevo día por delante, siempre habrá razones para celebrar la vida.

Cuando uno empieza a quedarse solo

Imagen obtenida con la ayuda de la IA de Google 19 octubre 2026 - Esta mañana he compartido una larga charla en el bar del hospital con un a...