17 octubre 2026
- Hubo un tiempo en el que mantener la calma ante un enfrentamiento era poco menos que una derrota. Bastaba una discrepancia política, una diferencia profesional o una simple opinión contraria para que el orgullo entrara en escena dispuesto a defender su territorio.
- Entonces parecía obligatorio responder. Había que demostrar que uno tenía razón, que no se dejaba pisar, que conservaba intacta su dignidad. Callar se confundía con rendirse. Ceder unos centímetros en una discusión equivalía, según creíamos, a perder varios metros de respeto.
Y así alimentábamos pequeñas hogueras cotidianas.
- Algunas nacían en reuniones de trabajo, otras en sobremesas familiares y muchas más en conversaciones que, vistas con la distancia de los años, apenas tenían importancia. Sin embargo, en aquel momento parecían asuntos trascendentales. Defendíamos nuestras posiciones con una energía que hoy resulta casi sorprendente.
¿Qué ha pasado desde entonces?
- Aquellas llamas, que antes parecían incendios inevitables, hoy apenas alcanzan la intensidad de uno de esos mecheros de plástico que sirven para encender un cigarrillo o las velas de un cumpleaños. El combustible es el mismo, porque las discrepancias siguen existiendo. Lo que ha cambiado es nuestra forma de acercarnos a ellas.
Tal vez sea simplemente el paso del tiempo.
- Los años tienen una curiosa habilidad para enseñarnos qué batallas merecen realmente el desgaste y cuáles sólo alimentan el ego. Descubrimos que tener razón no siempre es tan importante como conservar la paz. Comprendemos que muchas discusiones no se ganan convenciendo al otro, sino evitando que nos roben la tranquilidad.
- Quizá también sucede que la energía ya no es infinita y aprendemos a administrarla mejor. Antes estábamos dispuestos a gastar una tarde entera defendiendo una opinión. Hoy preferimos reservar esas fuerzas para lo que verdaderamente importa: una conversación sincera con un amigo, una preocupación familiar o una causa que de verdad merezca ser defendida.
No sé si nos hemos vuelto más dóciles.
- Personalmente, creo que no. La docilidad implica resignación, y la mayoría de quienes hemos llegado a cierta edad no nos sentimos resignados. Más bien ocurre que hemos aprendido a distinguir entre la firmeza y la obstinación. Seguimos teniendo convicciones, pero ya no sentimos la necesidad de exhibirlas en cada esquina.
- Hemos descubierto que no todas las provocaciones exigen respuesta, que no todas las opiniones requieren réplica y que no toda discrepancia merece convertirse en combate.
Quizá la verdadera madurez consista en eso.
En comprender que el silencio, algunas veces, no es cobardía sino inteligencia. Que retirarse de una discusión estéril no significa perder. Y que la serenidad no nace de tener menos carácter, sino de haber aprendido cuánto vale la pena protegerlo.
Hoy las viejas hogueras apenas producen una pequeña llama.
- Y, lejos de preocuparme, creo que es una buena señal. Significa que el fuego continúa ahí, pero al fin hemos aprendido a decidir cuándo merece la pena encenderlo.





