Un viaje de la infancia a la madurez con la misma luz de fondo
20 febrero 2026
- Hay días que parecen hechos de memoria. El domingo (al que va veo asomarse por el calendario semanal), por ejemplo. Durante años fue un territorio sagrado, un pequeño paréntesis donde la vida se permitía ser amable incluso cuando alrededor todo parecía crujir tras una dura situación de postguerra como la que vivimos en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado en nuestro País.
- Hoy el mundo ha cambiado, pero la fragilidad sigue siendo la misma: basta un mal titular o una mala racha para que uno sienta que todo se tambalea. Quizá por eso sigo defendiendo el domingo como un acto de resistencia íntima.
- Yo deseaba que fuera domingo. Era el día en que mi padre nos llevaba en golondrina hasta el Faro de Barcelona o nos sentaba en aquellas sesiones matinales de cinerama que parecían inventadas para que los niños creyéramos en lo imposible. Después venía el vermut con patatitas de bolsa de colores y, por la tarde, Sarriá y nuestro Espanyol. Mamá remataba la fiesta con sus macarrones de corte redondo, con mucharnóns, y yo, como siempre, acababa chupándome los dedos mientras todos me recordaban lo marrano que yo era comiendo.
- Ay, aquellos domingos. Hoy los domingos tienen otro ritmo. Ya no corro, ya no llego tarde a nada, ya no tengo que salvar semanas enteras en un solo día. Ahora los domingos me encuentran a mí, no al revés. Y cuando veo a cualquiera de mis nietos y me sueltan esa frase sonriente que me abrillanta los ojos: “Avi, si estás aquí es que es domingo". Luego un reparto de abrazos que hacen que mis ojos sigan brillando.
- Entiendo que el tiempo no se pierde: se transforma. Quizá esa sea la enseñanza que uno solo descubre con los años. El domingo no es un día: es una actitud. Es la decisión de detenerse, de mirar alrededor, de agradecer lo que permanece y de aceptar lo que cambia. Es un recordatorio de que la vida, incluso con sus grietas, sigue ofreciéndonos pequeños rituales capaces de sostenernos. Feliz domingo, amigos y amigas. Aprovechadlo. El tiempo no vuelve, pero nosotros sí podemos volver a él con otra mirada, más sabia, más tranquila, más nuestra.


No cabe duda, amigo Enrique, que la enseñanza de los años hace ya tiempo que ha fructificado en ti, tal como señalas hoy. Y los domingos, entre otros días de la semana, te permite recoger cosecha.
ResponderEliminarPero también señalas, cómo no, la otra cara real de la moneda de la vida. La fragilidad..., un mal titular..., una mala racha...
¿A qué nivel impera en uno un lado u otro de la moneda? ¿Cara o cruz?
Eso ya es cosa de cada uno. E irá en función de la visión que cada quien tenga de la vida.
Una mirada "limitada" conllevará un vivir, un «soñar». Una visión más amplia, otra forma de «soñar».
¡Cuando la «gota» (que la persona cree ser, «despierta») desaparece, aparece el Océano! (Que siempre es)
Enrique, si bien pareciera que con estas palabras tengo algo que decir, no es el caso. Es que a estas horas de la mañana llevo rato ayendo al mirlo cantar. Y he recordado a Anthony de Mello:
"El pájaro no canta porque tenga una afirmación que hacer. Canta porque tiene un canto que expresar."
Fuerte abrazo, amigo!
Ernesto, tus palabras llegan con esa mezcla tan tuya de lucidez tranquila y de oído atento a lo que canta la vida. Te lo agradezco sin adornos, porque lo que dices no necesita azúcar: basta con dejarlo reposar un instante para que revele su hondura.
EliminarSí, los años enseñan, pero no como un maestro severo, sino como un campo que uno va aprendiendo a cultivar. Hay domingos de cosecha y domingos de barbecho, y ambos forman parte del mismo ciclo.
Y sí, la fragilidad está ahí, como la sombra inevitable de cualquier forma. Pero también está la claridad que a veces se abre sin esfuerzo, como cuando uno escucha un mirlo y comprende que no hace falta “decir” nada para estar vivo.
Lo que planteas (cara o cruz, gota u océano), no es una disyuntiva, sino un ritmo. Hay días en que uno se siente gota, limitado, concreto, vulnerable. Y otros en que la frontera se disuelve y aparece algo más amplio, más silencioso, más verdadero. No se trata de elegir, sino de reconocer cuándo toca cada cosa y no pelearse con ello.
Tu recuerdo de De Mello encaja perfectamente: el pájaro no canta para afirmar nada, ni para convencer a nadie. Canta porque eso es lo que la vida hace a través de él. Quizá en eso consiste la madurez: en dejar que el propio canto salga sin justificarlo, sin explicarlo, sin convertirlo en doctrina.
Gracias por ese abrazo que llega con música de mirlo.
Aquí lo recibo, con la misma serenidad con la que uno escucha un canto que no pretende nada y, precisamente por eso, lo dice todo
Feliz viernes, querido y madrugador amigo.
Qué belleza de recuerdo has compartido. Conozco esos lugares que mencionas, para mi era toda una fiesta cuando mis padres nos llevaban. Coincido en que los domingos de antes no son los domingos de ahora. Hasta nuestra forma de vestir tenía que notarse que era un festivo especial.Cambian los contextos, cambian los titulares, cambian las preocupaciones… pero esa necesidad de un pequeño refugio sigue intacta para los que supimos disfrutarlo. Feliz fin de semana
ResponderEliminarEsos domingos que vivimos tenían un brillo especial, quizá porque todo se vivía con una ilusión que hoy cuesta encontrar.
EliminarCambian los tiempos, sí, pero no cambia esa necesidad de un refugio pequeño donde uno pueda respirar y reconocerse.
Gracias por traer tu recuerdo y por acompañar el mío. Feliz fin de semana.
Están los domingos de mi infancia, comprábamos con mi hermano dulce de leche en la Lechería, lo comíamos con tostadas y manteca! Mi mamá amasaba ravioles de verdura y carne con tuco, por la tarde siempre alguna visita de primos y tíos, llegaban con un paquetito de masas finas con hilo y palito que se balanceaba rítmicamente. Luego tuve mis sábados con asados en el club con padres, hijos y nietos. Ese tiempo también pasó, ahora son más tranquilos los domingos, no hay visitas fijas, pero mi familia siempre está cerca. Un abrazo dominguero Enrique!
ResponderEliminarEsos domingos de dulce de leche, ravioles caseros y visitas con paquetito de masas finas tienen un perfume que no se pierde, aunque el tiempo pase.
EliminarCada familia tenía su propio ritual, pero todos compartíamos esa sensación de fiesta sencilla, hecha de gestos y de compañía.
Hoy los domingos son más tranquilos, sí, pero la cercanía de los nuestros sigue siendo el mejor refugio.
Gracias por tu recuerdo, que acompaña tan bien al mío. Un abrazo dominguero.
Si que distintos domingos eran aquellos que nos relatas y que como nos dices disfrutabas de lugares con el padre, en especial en las ciudades ya que el resto de días estaba trabajando.
ResponderEliminarCreo que te has olvidado de algo que también se hacía aquellos domingos, tal vez en las ciudades era mas fácil esquivar, el ir a la misa dominical o te miraban de aquella manera sospechosa.
Saludos.
Tomás, tienes razón: aquellos domingos también llevaban consigo la misa, y en muchos barrios era casi un rito obligatorio. En las ciudades quizá se podía esquivar con más facilidad, pero todos recordamos esas miradas que decían más que cualquier sermón.
EliminarEran otros tiempos, con sus costumbres y sus exigencias, y uno los recuerda ahora con una mezcla de distancia y cariño.
Gracias por tu comentario, que completa muy bien el retrato de aquellos domingos.
Saludos.
Tenemos una percepción diferente del domingo porque en mi infancia era un día triste. Todo estaba cerrado, las tiendas de días de hacienda estaban sin vida, y yo languidecía en mi casa, aburrido. Mi padre no venía y estaba solo con mi madre. Más adelante, mi padre me llevaba a misa del Pilar en Zaragoza y la salmodia del cura me llenaba de zozobra y hastío. No, no recuerdo como un día alegre el domingo. Y actualmente continúa por un hilo secreto la desolación de mi infancia cuando paseo por mi barrio la tarde interminable de domingo. Un abrazo.
ResponderEliminarQuerido Joselu, tu recuerdo tiene esa verdad que no necesita adornos: hay domingos que no se heredan, se arrastran. Y cuando la infancia dejó en ellos una sombra, esa sombra sigue caminando a nuestro lado aunque hayan pasado décadas.
EliminarTu relato lo dice todo: el silencio de las tiendas cerradas, la ausencia del padre, la casa detenida, la misa con su salmodia que más que elevar pesaba. Esos hilos secretos que mencionas no se rompen del todo; simplemente se vuelven más finos, más discretos, pero siguen tensando algo dentro de uno.
Yo tuve la suerte de vivir otros domingos, más luminosos, pero entiendo bien lo que dices. El domingo no es un día neutro: es un espejo. A algunos nos devuelve una luz amable; a otros, una melancolía antigua que no pide permiso para aparecer. Y, sin embargo, en tu forma de contarlo hay una lucidez que también es una forma de reconciliación: reconocer la herida sin dramatizarla, aceptar que hay paisajes interiores que no cambian del todo.
Gracias por compartirlo con esa honestidad tan tuya. Un abrazo grande, amigo.
Estás haciendo al Tiempo tu aliado. Por eso reversionas y redimensionas cada recuerdo enalteciendo cada paso dado, no te desanima la nostalgia, la revitalizas con vívido agradecimiento por lo oportunamente vivenciado...
ResponderEliminarQuerido Carlos, tus palabras tocan algo muy hondo: esa posibilidad de convertir al tiempo en compañero y no en juez. Me gusta cómo lo dices, porque en el fondo eso es lo que uno intenta a estas alturas: no pelearse con lo vivido, sino mirarlo con una luz que no sea de pérdida, sino de gratitud.
EliminarEs verdad que la nostalgia podría desanimar, pero cuando uno la mira sin dramatismo, con calma, acaba siendo una forma de energía: te recuerda lo que fuiste, te sostiene en lo que eres y te abre espacio para lo que aún queda por vivir. Cada recuerdo, incluso los que duelen un poco, puede redimensionarse si uno lo mira desde la serenidad que dan los años.
Gracias por leer así, con esa sensibilidad tan tuya. Un abrazo grande, amigo.
Hay domingos que jamás olvidaremos
ResponderEliminarTienes toda la razón
Paz
Isaac
Querido Isaac, hay domingos que se quedan grabados no por lo que pasó, sino por lo que despertaron en nosotros. Algunos vuelven como una luz suave, otros como un eco que todavía acompaña.
EliminarGracias por tu frase tan precisa y tan verdadera. A veces basta con reconocerlo: ciertos días no se olvidan porque forman parte de lo que somos.
Paz también para ti, amigo, y gracias por estar siempre ahí con esa mirada limpia.
Los domingos de la infancia (Cine Delicias), de la juventud (discoteca) y de la madurez (la familia) son inolvidables en su ilusión. Ahora, llega un momento en que el domingo es solo el día en que no abre el Mercadona y hay que comprar el pan en algún puestecillo... Pero para uno, el domingo sigue siendo especial. No entiendo (ni he entendido nunca) a quienes no han sabido disfrutar de los domingos.
ResponderEliminarUn abrazo, amigo
Querido Ildefonso, qué bien dibujas ese arco completo de los domingos: el Cine Delicias, la discoteca, la familia… etapas distintas, pero un mismo latido de ilusión que uno reconoce aunque hayan pasado décadas.
EliminarEs cierto que ahora el domingo tiene otro pulso, más doméstico, más práctico (ese Mercadona cerrado, ese pan buscado en un puestecillo), pero aun así conserva algo que no se deja apagar: una especie de pausa interior que no depende del calendario, sino de la mirada.
Me gusta lo que dices de no entender a quienes no han sabido disfrutar de los domingos. Quizá porque para algunos de nosotros siempre fueron un pequeño refugio, un día que se vivía con un brillo especial, incluso cuando la vida iba deprisa. Y cuando uno ha tenido esa experiencia, la guarda como un tesoro que no caduca.
Gracias por traer tus recuerdos y por sumarte a este viaje compartido. Un abrazo grande, maestro de la fotografía.
Buen día Enrique! Creo que el recuerdo y la preferencia de uno u otro día son absolutamente personales.
ResponderEliminarEn lo que a mi respecta nunca, ni antes ni ahora, el domingo fue para mi "el día". Desde adolescente amé -y sigo amando- los días viernes.
¿Los domingos? Recuerdo que tenía que ir a misa, que nos vestíamos "de domingo", que a mi no me gustaba ir a la iglesia...pero no por eso mi infancia era triste.
Y, me pregunto, en aquellos tiempos de nuestra infancia...¿las mamás tenían domingos? Por lo que leo, entre otras cosas, tenían que cocinar y -generalmente- pasta. Tal vez las mamás esperaban ansiosas los lunes, para por fin, quedarse solas algunas horas, mientras los peques estaban el la escuela y los maridos trabajando.
Comprendo tu texto y que cada quien guarda amorosamente sus recuerdos. En esta ocasión los míos difieren de los tuyos, lo cual no quiere decir que los unos sean más valederos que los otros.
Para cada quien, sus recuerdos son parte de su historia y vale por eso mismo atesorarlos y hacer con ellos una trinchera donde refugiarse siempre.
En lo que sí coincido amigo es que ¡nada más disfrutable en la vida que manejar los tiempos personales a gusto y "piacere"! Sin importar que día de la semana sea.
Va mi abrazo de sábado con extensión hacia tu día preferido con el deseo de que , una vez más, lo disfrutes como bien sabes hacerlo
¡feliz semana!
Buen día, Lu. Me ha encantado leerte. Tienes toda la razón: cada quien guarda sus días preferidos como guarda sus rincones del alma (y ahí no hay aciertos ni errores, solo vivencias).
EliminarTus viernes luminosos dialogan muy bien con mis domingos de infancia. Y me ha gustado cómo lo cuentas, con esa mezcla de libertad adolescente y memoria doméstica que no se olvida.
Lo de las mamás es una verdad como un templo. Ellas no tenían domingos (tenían obligaciones, cocina, ropa “de domingo” y ese trajín silencioso que sostenía la casa). Quizá, como dices, su pequeño descanso empezaba el lunes, cuando por fin la casa respiraba un poco.
Me quedo con tu idea final: cada cual hace de sus recuerdos una trinchera amable donde refugiarse. Y ahí caben todos, los tuyos y los míos, sin competir, sin desmentirse, solo acompañándose.
Gracias por tu abrazo de sábado. Te envío otro que cruce hasta tu viernes preferido (y que lo ilumine como a ti te gusta).
Feliz semana, amiga.
Enrique, que bonito post, en mi caso el día Domingo es desde siempre reunión familiar, sin celulares en la mesa, hablamos de todo, cada uno de lo que paso en la semana, jugamos, los chicos juegan ajedrez, los grandes hablan de futbol, otros en la pileta y yo cocinado, no soy tan buena en la cocina pero a todos les gusta. uno recoge la mesa, otro lava los platos y entre todos la pasamos de maravilla.
ResponderEliminarEl día lunes descanso, no hago nada, espero que me atiendan a mi jajaja un día me toca.
Que tengas un hermoso y feliz día Domingo con tu querida familia.
Besitos Enrique
Tu descripción tiene ese perfume de hogar que no se compra ni se improvisa: se cultiva con años de cariño, de costumbres sencillas y de presencia verdadera.
EliminarTambién en mi casa el domingo tiene ese aire de reunión que ordena la semana. Me ha encantado esa imagen vuestra: la mesa sin móviles, las voces cruzándose, los chicos concentrados en el ajedrez, los mayores con el fútbol, el agua de la pileta, y tú en la cocina —no importa si dices que no eres tan buena, porque la verdad es que el sabor que más recordamos siempre es el del cariño.
Y luego ese pequeño ritual de cada uno haciendo su parte: recoger, lavar, acompañar… así se construye una familia, entre gestos que parecen pequeños pero que sostienen todo.
El lunes como día de descanso merecido me ha sacado una sonrisa. Claro que sí: un día para que te atiendan a ti, para equilibrar la balanza y dejar que la vida también te mime un poco.
Te agradezco mucho tus buenos deseos.
Que tu domingo siga siendo ese refugio cálido donde la familia se reconoce y se quiere, y que cada semana te encuentre con esa alegría serena que transmites.
ETF, el texto convierte el domingo en símbolo de memoria y continuidad, hilando la posguerra con la infancia y la ternura de los nietos, incluso entre el Faro de Barcelona y el Espanyol. Late una reivindicación serena del tiempo como actitud y refugio íntimo. Va un abrazo
ResponderEliminarHas captado exactamente el pulso del texto: ese hilo que une la posguerra con la infancia, y la infancia con los nietos, como si el domingo fuera un puente que no se rompe. También esa idea del tiempo no como peso, sino como actitud y refugio íntimo, me alegra que te haya llegado así.
EliminarUn abrazo grande, y gracias por leer con esa sensibilidad que ilumina.
Que maravilla amigo y cuantos recuerdos me has traido ¡¡
ResponderEliminarY las fotos ¡¡¡
Ese cine SAVOY del Paseo de Gracia ...la de veces que fui .
Y el Teatro Apolo que tabien fuimos mucho
Y el Cine Niza , en La Plaza de La Sagrada Familia ..ahi no fui yo mucho , la verdad.
Gracias amigo por estos grandes recuerdos .
Un abrazo
Joaquín, qué alegría que estas imágenes te hayan despertado tantos recuerdos. El Savoy, el Apolo, el Niza… forman parte de esa Barcelona que llevamos dentro, hecha de tardes de cine, de calles vividas y de una juventud que aún nos acompaña cuando la memoria se abre. Gracias a ti por compartirlo con tanta cercanía.
EliminarUn abrazo grande.
Hermosos recuerdos par atesorar pero siento cuando te leo que logras que el tiempo este a tu favor en cada momento. Un beso y mi cariño.
ResponderEliminarHanna, qué bonito lo que dices: esos recuerdos que guardamos son un tesoro, y si algo intento es mirar el tiempo con calma para que juegue a favor y no en contra. Gracias por tu cariño y por esa sensibilidad tan tuya.
EliminarUn beso grande.
Gostei de recordar do domingo de outrora, com roupa de dia santo, de missa, de almoço especial, de ''matiné'' e de amizade...
ResponderEliminarAbraço grande
~~~
Majo, qué bonito lo que recuerdas: esos domingos de “roupa de dia santo”, de misa, de matiné y de amistad forman parte de una memoria que sigue latiendo aunque el tiempo haya cambiado. Gracias por traer ese perfume de otro tiempo que todavía acompaña.
EliminarAbraço grande.