Aprendizajes inesperados entre camillas, esfuerzo y dignidad
- Hace un par de semanas, en mi última visita a mi SPA favorito (y yo le llamo SPA a mi admirado Hospital de San Juan de Alicante), mientras caminaba por el pasillo hacia el gimnasio donde se trata a los pacientes que necesitan rehabilitación o fisioterapia, vi sentado en la larga fila de asientos a uno de los compañeros habituales de estos dos últimos meses. Me saludó, como siempre, con una amplia sonrisa y con esa amabilidad suya que le llevó a ofrecerme el asiento contiguo.
- Bien, eso no tendría nada de especial, porque parece que todos los que acuden a esa zona terapéutica muestran un entusiasmo y una locuacidad envidiables, como si agradecieran a la vida estar como están a pesar de su estado. Pero en esta última visita, al entrar en el gimnasio y comenzar mis movimientos recomendados, vi que mi amigo (el sonriente del pasillo), estaba tumbado haciendo flexiones con las piernas, apoyando las rodillas en una cuña. A medida que pasaba el tiempo, en un momento dado él detuvo el ejercicio, se sentó en la camilla y, con gesto de dolor, se subió el pantalón de una pierna hasta la rodilla. Entonces descubrí que era una pierna metálica. La desenroscó con naturalidad, dejando a la vista el muñón. Al levantar la vista y verme sorprendido (supongo que con cara de gran asombro), sonrió y me dijo: “No pasa nada, falta un poco de aceite y sigo”.
- Yo también sonreí, pero dentro de mí volvió a quedar claro lo afortunados que somos y lo poco que a veces lo reconocemos. Nos quejamos por nada, sin apreciar el ejemplo de tantos hombres y mujeres de cualquier edad que, con lo que tienen, no se quejan de nada y son un ejemplo del que tanto deberíamos aprender.
- Mi querido fisioterapeuta, al verme cariacontecido y con los ojos ligeramente abrillantados, me dijo: “A este lugar suelen traer a los médicos residentes para que vean casos como el que acabas de presenciar y se acostumbren a la realidad de su labor. Pero yo creo (prosiguió), que también deberían traer a muchos de los enfermos que a veces inundan las salas de espera de este y otros centros sanitarios, quejándose de sus males, de su mala suerte y de su mala vida, cuando en realidad su nivel de salud es muy superior al de todos los que estáis aquí en este gimnasio con el no te rindas entre los dientes”. Me salió del alma, le di un gran abrazo... él me dio un kleenex, claro.
- Días y sucesos para no olvidar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario