Hoy y siempre ...
Escribo en este rincón olvidado y escondido del mundo para pasar inadvertido, no quiero ser, sólo estar
25/12/25
Navidad: Nearer, My God, to Thee
24/12/25
Post de Nochebuena
22/12/25
Sonreí mientras mis ojos brillaban: No necesito que me toque la lotería ...
Estaba, estábamos, (Ella y yo), viendo el Sorteo de la Lotería Nacional por TV. En la parte baja de la pantalla, aparecían distintos mensajes de espectadores que la TV publicaba sin añadir comentario alguno, pero leí uno que me puso el punto de brillo necesario en mis ojos cual clara manifestación de mi estado. El mensaje leído, decía algo así:«Yo no necesito que me toque la Lotería, cada año me junto con mi abuela para ver juntas el Sorteo por TV, y eso, estar junto a ella, para mí ya es un gran premio.»
¡¡¡Feliz Navidad!!!
20/12/25
El mejor regalo de Navidad 10 años después
Una historia navideña que revive emociones diez años después…
- Han pasado diez años desde aquellas oficinas con la mesa llena de presentes navideños y cientos de postales que nos hacían sentir importantes. Hoy esas costumbres apenas sobreviven, y lo que antes era ostentación se ha vuelto recuerdo.
- Lo esencial, sin embargo, sigue intacto. Y cada vez lo siento más: la familia, la salud, los pequeños gestos que no se compran. Aquellos presentes y aquellas postales fueron símbolo de un tiempo que ya no vuelve, pero lo que permanece es mucho más valioso. Hoy, el mejor regalo no viene envuelto en celofán, sino en la mirada cómplice de mis nietos, en la conversación pausada con quien me acompaña, en el silencio compartido que ya no necesita palabras.
- Este año, como entonces, descubro que el verdadero regalo no está en lo que se recibe, sino en lo que se comparte. Un beso inesperado de mi nieta, una sobremesa sin prisas, la risa que brota sin motivo… todo eso es ahora mi premio, mi verdadero presente navideño.
- Feliz Navidad, sí, diez años después, sigue siéndolo.
18/12/25
Dos besos y una victoria
16/12/25
El día de Navidad, hoy y ayer
14/12/25
Latidos de dignidad en la edad serena
14 diciembre 2025
- Hoy quiero escribir sobre la salud, pero también sobre esa extraña dependencia que tenemos del mal funcionamiento de los sistemas públicos y privados. Quienes ya tenemos cierta edad empezamos a ser incluidos en ese grupo al que llaman con cierta condescendencia: “usted es que ya tiene una edad”. Es un apelativo que médicos, amigos y opinadores bienintencionados utilizan casi como un eufemismo para ocultar la falta de soluciones reales.
- Recuerdo aquella anécdota de la hija que, feliz, le dijo a su madre: “Mamá, me han contratado en Telecinco”. Y la madre, con ironía, respondió: “Pues haber estudiado”. Algo parecido ocurre con nosotros: cuando pedimos ayuda, la respuesta suele ser un consejo simplista, como si la complejidad de la vida pudiera resolverse con un gesto trivial.
- En informática, la frase mágica es: “¿Has probado a apagarlo y encenderlo?”. En sanidad, la respuesta es: “Entre en la web del Gobierno Autonómico”. Y en banca: “Descárguese la aplicación en su móvil”. Pero para quienes ya tenemos cierta edad, ese lenguaje digital es una jungla. Navegar por portales administrativos, pedir una cita médica o descargar un informe se convierte en una odisea.
- El teléfono del centro de salud rara vez se atiende con solvencia, porque los sanitarios trabajan bajo un estrés permanente. Los bancos han cerrado oficinas y nos empujan hacia cajeros automáticos que parecen diseñados para ingenieros, no para jubilados. Las administraciones públicas multiplican formularios y contraseñas, olvidando que detrás de cada trámite hay una persona que busca dignidad, no obstáculos.
- La comunicación es, sin duda, uno de los grandes problemas de este grupo del “usted ya tiene una edad”. Pero no es el único. También lo son:
La falta de acompañamiento digital para trámites esenciales.
La escasa empatía en servicios públicos que priorizan la rapidez sobre la humanidad.
La invisibilidad de los mayores en un mundo que corre demasiado deprisa y olvida que la experiencia también es un valor.
La soledad que se multiplica cuando la tecnología sustituye al contacto humano.
Y así llegamos al final de este desahogo.
Plegaria final
- Que quienes nos gobiernan recuerden que detrás de cada pantalla, cada cita y cada trámite, hay un rostro que merece respeto. Que no se dejen apabullar por la prisa ni por la burocracia, y que tengan el coraje de poner orden en sistemas que hoy parecen diseñados para excluir a los más vulnerables.
- Que escuchen la voz serena de quienes ya tenemos una edad, no como un lamento, sino como un latido que pide dignidad. Y que nosotros, los afectados, no perdamos nunca la esperanza ni la fuerza de seguir reclamando nuestro lugar en esta sociedad que también construimos.
- ¿Y mientras tanto nosotros qué hacemos? Resistir, acompañarnos, y seguir recordando que la dignidad no se negocia y con ello debemos protestar humilde y educadamente en todos aquellos lugares en que podamos hacerlo. Cada uno lo hará a su manera, ésta, aquí y ahora, es una de mis formas de hacerlo.
El silbido de mi abuelo
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