Un viaje entre la incertidumbre, la memoria y las manos que nos devuelven a la vida
04 noviembre 2026
- Hay momentos en los que uno deja de ser dueño de sí mismo. Instantes en los que el cuerpo pertenece a otros y la voluntad queda aparcada en algún rincón del miedo. Vas tumbado, inmóvil, recorriendo largos pasillos mientras las luces del techo pasan lentamente sobre tu cabeza. Alrededor se mueven batas blancas y uniformes verdes que parecen conocer perfectamente el camino hacia un destino que tú ignoras.
- Lo más inquietante son esos focos intensos. Luces poderosas que marcan la ruta hacia un lugar desconocido y que, por alguna razón, obligan a pensar. Pensar mucho. Tanto, que en apenas unos minutos parece proyectarse en la imaginación una película completa de tu propia vida. Recuerdos olvidados, rostros queridos, alegrías, errores, abrazos, despedidas. Todo desfila a una velocidad imposible mientras avanzas hacia ese escenario donde la confianza es la única equipación permitida.
Y entonces escuchas las voces.
- Las voces de aquellos hombres y mujeres vestidos de verde que te rodean. Hablan entre ellos con absoluta naturalidad. Comentan el partido de anoche, alguna noticia del día o las declaraciones del político de turno. Incluso se escapa algún comentario irónico o un pequeño improperio de quien siente que nadie le escucha. A primera vista sorprende. Quizá incluso desconcierta. Porque mientras para ti aquel es un momento trascendental, para ellos es una jornada más de trabajo.
Pero precisamente ahí reside su grandeza.
- Ellos consiguen convertir en rutina lo extraordinario. Donde tú ves incertidumbre, ellos ven experiencia. Donde tú imaginas riesgos, ellos aplican conocimiento. Donde tú sientes miedo, ellos aportan serenidad. Su conversación cotidiana no es indiferencia; es la prueba de una profesionalidad tan interiorizada que les permite sostener vidas mientras mantienen intacta la calma.
Después llega el vacío.
- Un espacio sin tiempo ni memoria. Un instante que no existe porque la conciencia se ha marchado a descansar.
Y de pronto, el regreso.
- Notas unas voces lejanas. Alguien te llama. Percibes unos ligeros golpecitos en la cara. Te piden que abras los ojos. Que respondas. Que vuelvas. Poco a poco las sombras se transforman en rostros y los sonidos recuperan su significado. Entonces comprendes la noticia más importante de todas.
Sigues aquí.
Y en ese preciso momento descubres que aquellos desconocidos de verde han hecho algo extraordinario. No buscan reconocimiento. No esperan homenajes. Rara vez aparecen en los titulares y casi nunca reciben el agradecimiento proporcional a lo que entregan. Trabajan cuando otros descansan, afrontan jornadas interminables, soportan presión, cansancio y responsabilidades que pocos aceptarían asumir.
- Sin embargo, continúan ahí, en silencio, detrás de una mascarilla y un gorro quirúrgico, poniendo su conocimiento, sus manos y una parte de su vida al servicio de la nuestra.
- Quizá por eso, cuando uno despierta y vuelve a encontrarse con el mundo, entiende que los ángeles existen.
Y muchas veces visten de verde.

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