02/11/26

La alegría de estar vivo

Cuando el amor cercano aún vence a la locura del mundo

Henri-Cartier-Bresson-IIGM

02 noviembre 2026

- Hay días en los que uno despierta y comprende que, a pesar de todo, la vida ha sido generosa. Miramos alrededor y descubrimos a esa mujer maravillosa que lleva años compartiendo nuestros días, nuestras alegrías y nuestras incertidumbres. Vemos a nuestros hijos, ya hombres y mujeres con sus propios caminos, y a los nietos que llegan como una nueva primavera para recordarnos que el tiempo no solo resta, también multiplica.

- Sentirse querido es una de las mayores satisfacciones que puede experimentar cualquier ser humano. Cuando sabemos que ocupamos un lugar en el corazón de quienes amamos, los sinsabores pierden peso, los tropiezos dejan de parecer tan graves y los disgustos cotidianos se convierten apenas en pequeñas piedras que el alud de la vida va dejando en nuestro sendero. El cariño sincero tiene esa extraña capacidad de curar heridas que ningún remedio consigue aliviar.

- Sin embargo, mientras disfrutamos de ese pequeño paraíso doméstico, basta con encender la televisión o abrir un periódico para descubrir un mundo en llamas. La guerra ya lleva años instalada en Europa y se extiende por otros continentes como un incendio avivado por el viento. Resulta difícil comprenderlo. Europa, que sufrió dos guerras mundiales devastadoras y que juró aprender de aquella tragedia, vuelve a contemplar la destrucción, el odio y la muerte como si la historia jamás hubiera existido.

- ¿Qué nos está ocurriendo? ¿Es soberbia? ¿Es la vieja voluntad de dominar al otro? ¿Es el negocio de la guerra disfrazado de estrategia? Cuesta creer que en pleno siglo XXI sigamos permitiendo que unos pocos decidan el destino de millones. Políticos que hablan de paz mientras alimentan conflictos. Gobernantes que invocan la libertad mientras reducen a cenizas ciudades enteras. Líderes que jamás pisarán una trinchera, pero envían allí a jóvenes que apenas han comenzado a vivir. Demasiados poderosos parecen haberse acostumbrado a contemplar el sufrimiento humano como una estadística más en un informe.

- La historia demuestra que el poder sin conciencia acaba convirtiéndose en una enfermedad del alma. Y quizá ese sea el verdadero problema de nuestro tiempo: quienes deberían conducir a los pueblos se han olvidado de las personas. Hablan de territorios, recursos, fronteras y estrategias, pero olvidan a las madres que lloran, a los niños que huyen y a los ancianos que contemplan cómo desaparece el mundo que ayudaron a construir.

- Y, sin embargo, me resisto a creer que todo esté perdido. Tal vez la solución no nazca de los despachos ni de las cumbres internacionales, sino de algo mucho más sencillo y poderoso: educar para la empatía, recuperar el valor de la palabra, exigir responsabilidad a quienes gobiernan y recordar que ningún ser humano vale menos que una bandera, una ideología o una ambición personal. Mientras sigan existiendo hombres y mujeres capaces de amar a sus familias, de tender una mano al vecino y de indignarse ante la injusticia, habrá motivos para la esperanza. Porque el mundo feliz que anhelamos no empezará cuando cambien los poderosos; empezará el día en que millones de personas decidan que la dignidad, la paz y el amor valen mucho más que cualquier victoria.

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