El final del verano devuelve la calma a esta tierra levantina y me recuerda que la verdadera fortuna no es llegar lejos, sino llegar acompañado.
23 septiembre 2026
- Salimos temprano a dar una vuelta en coche. Hace tiempo que caminar largas distancias dejó de ser algo sencillo para mí, así que nos conformamos con recorrer las calles desde la comodidad de nuestros asientos, observando cómo amanecía la ciudad.
- Se nota que el verano ya se ha despedido de esta tierra levantina. Las playas han perdido buena parte de su bullicio, los paseos ya no rebosan de gente y las calles recuperan poco a poco esa calma que permanecía escondida bajo el ruido y la alegría de la temporada estival.
- Mientras avanzábamos por avenidas inusualmente tranquilas, me sorprendió encontrar tan poca gente. Fue entonces cuando, casi sin darme cuenta, comencé a cantar aquella vieja canción de Mina, Ciudad solitaria. Es algo que hago desde hace tantos años que ya ni recuerdo cuándo empezó esa costumbre.
- Pero aquella mañana la soledad era solo una apariencia.
- A mi lado viajaba todo mi mundo. Ella. La mujer que transforma cualquier trayecto en compañía, cualquier silencio en conversación y cualquier día corriente en un día digno de ser recordado. Entre canciones, recuerdos y sonrisas compartidas, comprendí una vez más que la verdadera cercanía no depende de la multitud que nos rodea, sino de la persona con la que elegimos caminar por la vida.
- Entonces le dije que hay amores que ya no necesitan promesas porque viven instalados en las certezas. Amores que han aprendido a reconocerse en los pequeños gestos, en las miradas cómplices y en esa forma serena de compartir el tiempo que solo los años saben regalar.
- Y mientras la ciudad parecía quedarse vacía para dar la bienvenida al otoño, pensé que algo parecido ocurre también en nuestra propia existencia. Con el paso de los años desaparecen muchas prisas, se disipan numerosos ruidos y dejamos atrás preocupaciones que un día creímos imprescindibles. Lo esencial, sin embargo, permanece. Y es precisamente entonces cuando aprendemos a valorar lo que verdaderamente importa.
- Por eso hoy doy gracias. Gracias a la vida por haberme permitido llegar hasta aquí, por cada amanecer contemplado, por cada recuerdo guardado en el corazón y, sobre todo, por la inmensa fortuna de seguir compartiendo el camino con quien hace que cada etapa merezca la pena. Porque quizá la auténtica felicidad no sea alcanzar un destino determinado, sino descubrir que, a pesar del tiempo transcurrido, seguimos teniendo motivos para sonreír, para amar y para agradecer el regalo de estar aquí.
No hace falta ir muy lejos para pasar una mañana agradable cuando llevas al lado a la persona con la que has compartido tantos años. Aunque algunas cosas ya no puedan hacerse como antes, siempre se encuentra otra manera de seguir disfrutando juntos. Ese paseo tranquilo y sin prisas me parece una estupenda forma de recibir el otoño. Me encanta que hoy tu post venga acompañado de la música de una de mis dos cantantes favoritas.
ResponderEliminarExpresas y compartes la vida de manera natural. Tal como es ella. En su realidad, sin artificios, bambalinas o dimes y diretes. Esto último pertenece a la persona en sí. Sus creencias, "distracciones", preferencias, etc. Que identifica con lo que cree que la vida, el mundo, es.
ResponderEliminarUna vez más, amigo Enrique, compartiendo tus realidades indicas el camino que hay que seguir.
Cierto es, no cabe negarlo, que los años vividos marcan carácter. Las lecciones aprendidas facilitan mucho las cosas.
Fuerte abrazo, Enrique.