Entre la calma ganada, la distancia de los hijos y la serenidad de comprender su camino
02 febrero 2026
- Ay, vaya con los domingos, son todo un símbolo de nuestro estado, sí, nos sonríe la vida cuando ya tenemos cierta edad porque la presión laboral, las prisas y las citas a todas horas se terminaron. Ahora es siempre domingo. ¿Añoramos aquellos tiempos?
- No hay una respuesta clara para esa pregunta ya que depende en gran parte de la calidad de nuestra salud y del estado físico de cada cual. Los hay que a sus sesenta y siete años (y más), siguen corriendo maratones o aún juegan al pádel, mientras que a otros sólo les apetece reunirse con los amigos en el quiosco o en el Bar de Manolo para tomar café y así charlar toda la mañana o toda la tarde (va a gustos de cada uno).
- Pero hay otros que se sumergen en su soledad pareciéndoles que nada puedan hacer. A los hijos les dieron estudios y apoyo hasta que finalmente se casaron, marcharon de casa y de ciudad (algunos, incluso de país), y ya solo se ven una o dos veces al mes con suerte o al año según la lejanía.
- Pero... ¿es justo o necesario entristecerse por este aparente olvido en el que quedan esos jóvenes maduritos? (como diría nuestra admirada Pepa Fernández).
- Quizá convenga recordar que no siempre se trata de olvido, sino de esa independencia natural que todos deseamos para nuestros hijos cuando los vemos crecer. Ellos también navegan sus propios retos, sus trabajos inciertos, sus horarios imposibles y estas épocas tan complicadas que a veces apenas les dejan aire. No es desamor, ni desinterés, es simplemente la vida avanzando. Y en ese avance, aunque nos veamos menos, seguimos siendo su puerto seguro, su referencia tranquila, la certeza de que cuando vuelvan, aunque sea de tarde en tarde, encontrarán el mismo cariño intacto. Seamos felices viéndolos felices, ese debe ser nuestro principal orgullo.

No están menos, están en lo suyo, que es justo lo que uno quería para ellos, aunque a veces cueste asumirlo.
ResponderEliminarMe reconozco en esa mezcla de calma y distancia, y en aprender a estar sin que parezca una invasión. Al final queda el orgullo y la tranquilidad de saber que, cuando vuelvan, todo sigue en su sitio.
Angelo, qué bien lo dices. Esa mezcla de calma, distancia y respeto por sus propios caminos es justo lo que uno aprende con el tiempo, aunque a veces duela un poco por dentro. Pero sí, queda ese orgullo sereno de verlos volar y la certeza de que, cuando regresan, encuentran intacto el lugar que siempre fue suyo. Un abrazo.
EliminarTengo dos hijas, independizadas. Una vive cerca y otra en París donde trabaja. Tenemos un contacto regular sea en persona o por videollamada. Han desarrollado sus profesiones respectivas y puedo sentirme satisfecho y orgulloso de que estén viviendo por su cuenta y las cosas les vayan bien. Nuestra casa, la suya también, es un espacio de referencia y lo será siempre.
ResponderEliminarCuando uno tiene un hijo queda fascinado por ese bebito precioso que es, pero su proyecto es crecer y crecer, hasta llegar a ser un buen profesional, una persona adulta. Nada de esto ves cuando tienes al bebé en tus brazos, no ves que algún día volarán por su cuenta. Y siempre serán nuestros hijos -hijas, en mi caso-.
Abrazo.
Joselu, qué bonito lo cuentas. Esa mezcla de orgullo, serenidad y nostalgia es exactamente lo que uno siente cuando los hijos ya han hecho su propio camino. Verlas crecer, encontrar su lugar en el mundo y mantenerse cerca, aunque sea por una pantalla, es un regalo que compensa cualquier vacío momentáneo. Y sí, por mucho que vuelen, la casa de uno sigue siendo su punto de referencia, ese lugar donde siempre podrán volver sin pedir permiso. Gracias por compartir algo tan sentido.
EliminarUn abrazo
Precisamente ayer, disfruté de una comida, encuentro con mis hijos, hecho que por circunstancias de hábitats de cada uno, no es fácil de conciliar. Pero cuando se produce es fiesta mayor.
ResponderEliminarUn abrazo.
Alfred, qué alegría leer eso. Cuando por fin coinciden las agendas y podéis sentaros juntos alrededor de una mesa, se siente como un pequeño regalo, una celebración íntima que compensa todas las distancias. Esos momentos valen oro.
EliminarUn abrazo
Kalil Gibran lo dijo muy sabiamente, aunque cueste admitirlo ellos deben hacer su camino, nuestra misión es desear que sean felices, los míos están cerca, afortunadamente, pero mi gran amiga Laura despidió a dos de sus hijas hacia Canadá y las video llamadas suplieron la presencia, nunca la escuché quejarse, al contrario, un abrazo Enrique!
ResponderEliminarMaría Cristina, qué bien traída la cita de Gibran. Resume con una claridad enorme esa mezcla de amor y desprendimiento que supone verlos seguir su propio rumbo. Qué suerte tener a los tuyos cerca, y qué admirable la entereza de tu amiga Laura, que supo transformar la distancia en presencia a través de una pantalla sin perder la serenidad. Al final, lo esencial es que sean felices, estén donde estén.
EliminarUn abrazo.
Ah esos domingos de antaño con la radio puesta y escuchando el futbol , pues antes , el futbol era los domingos y sobre las 5 de la tarde.
ResponderEliminarMuchas veces , con los hijos jugando al "Palé", largas tardes , que incluso quedaba la partida cortada porque llegaba la hora de la cena.
Todo ha cambiado y mucho .Los partidos ya se juegan casi , toda la semana y a todos horas .
DEl "Palé" practicamente nadie juega , es muy largo y los moviles no paran de sonar ...
Los hijos ya son mayores y tienen hijos , o sea , nietos para nosotros.
Y ellos pues tambien tiene sus cosas que hacer y no siempre pueden venir a nuestra casa .
Pero bueno, como todo ha cambiado tanto, nos tenemos que conformar en pensar que estan bien , que nos llaman cada dia .Y vienen a vernos siempre que pueden , que casi es cada semana .
Y la vida sigue y nunca mejor dicho , la vida es un carnaval, vaya , que ya como quien dice es carnaval...
Un abrazo.
Joaki, qué bien lo cuentas. Aquellos domingos tenían un ritmo propio, entre la radio, el fútbol a su hora fija y esas partidas de Palé que se alargaban hasta que la cena imponía su ley. Era otra cadencia, más lenta y más compartida. Ahora todo va a deshoras, los móviles interrumpen cualquier silencio y los juegos de mesa casi parecen piezas de museo. Y, como dices, los hijos crecieron, llegaron los nietos y cada uno vive a su velocidad, pero saber que están bien y que se acuerdan de nosotros cada día ya es un regalo. Al final, la vida sigue su compás, y sí, ya huele a carnaval.
EliminarUn abrazo grande.
¡Qué grande eres, Enrique!
ResponderEliminarA todos le encuentras explicación, aunque a veces cueste dàrsela.
La vida está montada así y así hay que aceptarla y disfrutarla.
Un abrazo.
Tracy, gracias por ese cariño que siempre transmites. Al final uno intenta ponerle palabras a lo que todos sentimos, aunque a veces la vida nos lo ponga difícil. Tienes razón, aceptarla y disfrutarla es la única fórmula que nunca falla. Un abrazo
EliminarSiempre es bueno ver que quienes amamos sean felices. Te mando un beso.
ResponderEliminarJudit, así es, no hay alegría más sencilla ni más grande. Gracias por tu cariño. Un beso.
EliminarUn buen ejercicio de desapego celebrar el vuelo de nuestros hijos y seguir siendo puerto seguro para ellos. Mi hijo vive en Alemania hace años , pero nos mantenemos siempre en contacto y hemos aprendido a mantener la cercanía y el cariño intactos.
ResponderEliminarSomos responsables de nuestra propia felicidad y de hacer actividades que nos permitan vivir así.
Abrazo grande!
Cecilia, lo dices con una serenidad que solo da la experiencia. Acompañar el vuelo sin perder la cercanía es quizá el mayor acto de amor que podemos ofrecerles, y tú lo has sabido convertir en una forma de estar presente sin invadir. Que tu hijo viva lejos y aun así mantengáis intacto el cariño demuestra que la distancia no manda cuando el vínculo es fuerte. Y sí, al final cada uno es responsable de cultivar su propia felicidad, de llenarse la vida de aquello que la hace más habitable.
EliminarAbrazo grande.
Todo se resume en la frase final: Seamos felices viendo su felicidad... Y pidamos salud para amanecer cada mañana. Tampoco se pueden pedir milagros. Yo nunca me tiré en paracaidas o desde un puente, y tampoco lo hecho de menos...
ResponderEliminarTodo, creo, es más sencillo de lo que podría parecer, y llega un momento en que lo importante es cada nuevo dia.
Un abrazo, amigo
Ildefonso, lo dices con una claridad que desarma. Al final todo se reduce a eso, a alegrarnos por su felicidad y a pedir la salud necesaria para seguir despertando cada mañana. No hacen falta hazañas ni saltos al vacío, basta con apreciar lo que tenemos y vivir cada día con la serenidad que da la experiencia. A cierta edad, lo esencial se vuelve muy nítido. Un abrazo grande, maestro de la fotografía.
EliminarQue cierto que a partir de cierta edad uno o se queda estancado en su zona de confort o nos dedicamos a realizar algo que quizás soñamos en nuestra etapa activa. El hacer el ejercicio que nuestra salud nos permita, eso incluye maratones o ascender montañas de mas de 8000 msnm, aunque lo mas factible sea ir al parque sito tres barrios mas allá o subir ese cerro que nos permite tener una buena visión de la ciudad. O porque no a intentar aumentar nuestros conocimientos.
ResponderEliminarSaludos.
Tomás, lo expresas con mucha lucidez. Llegado un punto, cada cual decide si quedarse quieto o abrir pequeñas ventanas nuevas, siempre dentro de lo que la salud permite. No hace falta un ochomil para sentir que avanzamos; a veces basta ese parque tres barrios más allá, ese cerro cercano o el simple placer de seguir aprendiendo. Lo importante es no renunciar al movimiento, por pequeño que sea.
EliminarSaludos.
Al final la vida es nuestra y es por amor a nosotros mismos por lo que debemos ser felices
ResponderEliminarPaz
Isaac
Paz/Isaac, lo dices con una claridad que desarma. Al final todo se reduce a eso: reconocer que la vida es nuestra y que la felicidad empieza cuando dejamos de pedir permiso para ser quienes somos. Ese amor propio del que hablas no es egoísmo, es la base desde la que luego podemos amar mejor a los demás y sostener lo que realmente importa.
EliminarGracias por recordarlo con tanta sencillez.
Un abrazo.
Me jubilé temprano y perdí mi esposo pronto... pero tengo
ResponderEliminarla suerte de tener una hija cerca...
Aplaudo tu mensaje, que me pareció brillante y encantadora...
Que tengas días tranquilos y acogedores en un febrero muy feliz.
Mi abrazo, amigo Enrique.
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Majo, gracias por tus palabras tan cálidas. Siento mucho ese camino que te tocó recorrer tan pronto, aunque reconforta saber que tu hija está cerca y que en ese vínculo encuentras compañía y sostén. La vida nos cambia los planes, pero también nos regala estos afectos que nos mantienen de pie.
EliminarMe alegra que el mensaje te haya llegado así, con brillo y encanto, como dices. Ojalá febrero te regale justamente eso que deseas: días tranquilos, acogedores y llenos de pequeños momentos que abrigan.
Un abrazo grande, amiga.
Enrique, que bello expresas hasta los mas pequeño y grande a la vez.
ResponderEliminarTengo la suerte de tener a mi hija muy cerca, y nos vemos a diario, es feo cortarle las alas a nuestro hijos, ellos tienen que vivir su propia vida y nosotros estar ahí cuando nos necesiten. que sepan que su nido siempre los recibirá con los brazos abiertos en un gran abrazo lleno de amor y ternura.
Que tengas un feliz día
Besitos Enrique a ti y a tu amada familia
Mathilde, qué bonito lo dices. Esa mezcla de libertad y cobijo es, al final, el mayor regalo que podemos darles a los hijos: dejar que vuelen sin miedo y, al mismo tiempo, que sepan que el nido sigue ahí, cálido, abierto, sin condiciones. Qué suerte la tuya de tener a tu hija tan cerca y poder compartir lo cotidiano, que es donde se esconde lo verdaderamente valioso.
EliminarGracias por tus palabras, tan afectuosas y luminosas.
Un fuerte abrazo y que tu día siga lleno de calma y cariño.
Si se van es porque lo hiciste bien, si regresan, así sea de tanto en tanto, es porque eres parte de su hogar .
ResponderEliminarEres grande, amigo; una bendición haberme cruzado en tu camino.
Un cálido abrazo
Maia, qué verdad tan sencilla y tan honda has dicho. Cuando los hijos se van porque están preparados, uno sabe que hizo lo correcto. Y cuando vuelven, aunque sea de vez en cuando, es porque ese hogar que construimos con amor sigue siendo un lugar al que regresar sin miedo, sin explicaciones, solo con el corazón.
EliminarTus palabras me llegan de verdad. También para mí ha sido una bendición encontrarte en este camino, con tu calidez, tu lucidez y esa forma tan tuya de abrazar con lo que escribes.
Un cálido abrazo, amiga.