01/04/26

¿Semana Santa: tradición, fiesta o folclore?

 Entre costumbres perdidas y nuevas formas de sentir

Imagen obtenida con la ayuda de la IA de Microsoft


01 abril 2026

- Cada año vuelve la misma pregunta, casi como un eco antiguo que resuena entre tambores, incienso y silencios: ¿qué es hoy la Semana Santa? ¿Tradición, fiesta o simple folclore? Quizá sea un poco de todo, quizá nada de eso, quizá algo que ya no sabemos nombrar porque las costumbres que nos enseñaron nuestros padres se han ido diluyendo entre prisas, pantallas y nuevas formas de vivir.

- Hubo un tiempo en que cada gesto tenía un sentido: el respeto al paso, la vela encendida, el silencio compartido en la calle estrecha. Muchas de esas costumbres se han perdido, sí, pero no por desinterés, sino porque la vida cambia y nosotros con ella. Lo que antes se transmitía en casa, ahora se aprende en otros lugares; lo que antes era obligación, hoy es elección. Y aun así, algo permanece.

- Porque las tradiciones no mueren: se transforman. No somos los mismos que nuestros padres, ni ellos fueron iguales a los suyos. Cada generación reinterpreta lo heredado, lo adapta, lo hace suyo. ¿Es bueno, malo, normal? Probablemente es simplemente humano.

- Y quizá ahí esté la esperanza: en aceptar que cada era encuentra su manera de celebrar, de recordar, de sentir. La Semana Santa seguirá viva mientras haya alguien que la mire con emoción, aunque sea desde un lugar distinto al de antes. Al final, lo importante no es repetir los gestos, sino mantener encendida la intención.

30/03/26

Loa a un amor de toda una vida

La historia de dos vidas que se sostienen, se cuidan y se eligen siempre.

Imagen obtenida con la ayuda de Grok

30 marzo 2026

- Hay días en los que no sé cómo demostrarle más y más cuánto la amo. Cómo decirle, sin repetir palabras, que mi vida sin ella no habría sido nada, que todo lo que soy hoy se sostiene en su presencia, en su fuerza, en ese amor que nunca pide nada y, sin embargo, lo da todo.

- La veo agotarse por cuidarme. La veo derrumbarse física y mentalmente porque hace más de lo que puede, porque se empeña en sostenerme incluso cuando debería descansar. Y cuando intento frenarla, cuando quiero que piense en ella, siempre me responde lo mismo: “¿No lo harías tú por mí?” Y sí, claro que lo haría. Lo haría sin dudarlo, como ella lo hace por mí.

- A veces la sorprendo llorando en silencio. O siento, mientras duermo, cómo acerca su cara a la mía para comprobar si estoy bien. Su mano firme me permite caminar esos tramos cortos que ahora ya son todos. Su presencia es mi equilibrio. Su amor, mi refugio.

- La quiero. Antes, ahora y siempre.

- Y por eso hoy quiero decirlo en voz alta: el amor existe. No es un cuento ni una casualidad. Es algo que se conquista cada día, que se lucha, que se cuida, que se defiende incluso cuando la vida aprieta. Es también algo que se disfruta, porque saber que alguien te necesita y tú necesitas a ese alguien es una forma de plenitud que no se explica, se vive.

- Este es mi mensaje, repetido las veces que haga falta: el amor para toda la vida es real. Se construye, se sostiene y, cuando parece que flaquea, se vuelve a levantar.

- Y nosotros —juntos en el amor y en la guerra, como ella dice— seguimos adelante. Con cansancio, sí, pero también con esperanza. Con dificultades, pero también con la certeza de que lo que nos une es más fuerte que cualquier sombra.

- Porque al final, incluso en los días más duros, siempre queda un lugar donde apoyarse: el amor que nos tenemos.


28/03/26

Amaneceres con Amanda

Cuando la música rescata lo que el mundo intenta torcer


28 marzo 2026

- Comenzar el día (siempre que puedo), escuchando a Joan Báez sigue siendo una forma honesta de recordarle al mundo que aún quedan gestos que nos sostienen. Es como lavarte la cara con agua fría o darte dos palmadas frente al espejo para decirle al tipo que te mira: “Vamos, hombre, que hoy también puedes”. Hay mañanas en las que la realidad insiste en mostrarse con su peor cara, con injusticias que duelen y discursos que suenan a cartón mojado. Uno ya ha vivido lo suficiente como para no tragarse promesas huecas ni aceptar que la justicia sea un lujo reservado para unos pocos.

- Por eso, en días así, conviene teñir el amanecer de otras voces, de otras memorias, de esas emociones que Víctor Jara dejó suspendidas en el aire para su Amanda. Hoy he tomado –como hago siempre– mi primer café con Ella, con mi Amanda, con su música y con su historia, como quien abre una ventana para que entre un poco de verdad. Hay canciones que no se escuchan: se recuerdan. Y hay recuerdos que no se olvidan porque son la única brújula que nos queda cuando el mundo se empeña en girar torcido.

- Y mientras sonaba esa guitarra que parece venir de un lugar donde la dignidad aún no ha sido derrotada, he pensado en lo que realmente nos salva. No son los titulares, ni los discursos, ni las promesas de quienes creen que la vida se arregla con un eslogan. Lo que nos salva es lo que permanece. Lo que no se compra ni se vende. Lo que vuelve cada mañana sin pedir permiso.

- Porque al final, por encima del ruido, lo que de verdad sostiene la vida es el amor viejo, ese que ha sobrevivido a los inviernos, a los silencios, a las dudas y a los días malos. Ese amor que no necesita demostrarse nada porque ya lo ha demostrado todo. Ese amor que no presume, que no exige, que simplemente está. El amor para siempre, el que se sienta contigo a tomar el primer café del día aunque el mundo esté del revés. Ese amor que, como Amanda, nunca se olvida.

26/03/26

Cuando la vida aún nos llama

Un recordatorio sereno para quienes sienten que ya no cuentan… y para quienes queremos acompañarlos sin soltarlos

Imagen de Internet

26 marzo 2026

- En estos días de hospital he escuchado a demasiadas personas mayores decir que ya no merece la pena vivir, que se sienten invisibles, que sus achaques les empujan a rendirse. Y me duele, porque no es cierto.

- La vida que queda —la que sea, la que podamos— sigue teniendo valor. No por lo que hacemos, sino por lo que somos. Cada arruga es una victoria, cada cicatriz un capítulo, cada día un acto de resistencia tranquila. No somos invisibles: somos memoria viva, somos historia en movimiento, somos la prueba de que llegar hasta aquí ya es un logro extraordinario.

- Quienes intentamos convencerles no lo hacemos desde la superioridad ni desde el optimismo fácil. Lo hacemos desde la cercanía. Desde la escucha. Desde el respeto profundo a su cansancio. No venimos a negar su dolor, sino a recordarles que no están solos. Que todavía hay manos que quieren sostener, voces que quieren acompañar, miradas que siguen buscándolos.

-A veces basta con decirles: “Quédate un poco más. No para luchar contra nada, sino para seguir compartiendo lo que eres. Para que podamos seguir aprendiendo de ti. Para que sigas dejando luz, incluso en los días nublados.”

- La esperanza no es ingenuidad: es valentía. Y todavía nos queda.

24/03/26

Cuando la vida te pide opinión a la sombra de una tenue luz de sala de hospital

Entre preguntas imposibles e inesperadas, seguimos vivos y conversando

Imagen obtenida con la ayuda de la IA de Microsoft

24 marzo 2026

- A veces la vida nos sorprende con preguntas que llegan en el momento y lugar menos oportuno. Tres noches atrás, sin buscarlo, alguien quiso saber qué es —y qué no es— razonable. Y ahí estábamos, en un lugar que pedía calma y no filosofía, intentando poner orden en un concepto que siempre se nos escapa entre los dedos. Porque lo razonable, cuando se mira de cerca, suele tener más que ver con la vida vivida que con los libros leídos.

- Al final, entre sonrisas y silencios, llegamos a un acuerdo inesperado: ninguno de los dos tenía ni idea. Y qué liberador fue reconocerlo. No saber también es una forma de sabiduría, una puerta abierta a la curiosidad, un recordatorio de que no estamos obligados a tener respuestas para todo. A veces basta con acompañar la pregunta, dejarla reposar, permitir que nos mire sin exigirle nada.

- Quizá lo verdaderamente razonable sea eso: aceptar que no lo sabemos todo y que, aun así, seguimos adelante. Con dudas, sí, pero también con ganas. Con preguntas, claro, pero también con la certeza de que cada conversación, incluso las improvisadas, nos acerca un poco más a entendernos. Y en ese camino, siempre hay un motivo para el optimismo: seguimos aprendiendo, seguimos conversando, seguimos vivos y a mí me dieron el alta a la mañana siguiente.

22/03/26

Tres días para volver a la luz

Unos días intensos que me han devuelto claridad, gratitud y ganas de seguir

Imagen obtenida con la ayuda de Grok


22 marzo 2026

- Tres días difíciles en mi SPA favorito (HSJ), y aprendí muchas cosas. La primera, lo frágil que es el concepto vida; la segunda –tan vital como la propia vida– es sentir el amor de los tuyos en esos instantes en que uno cree que quizá la luz no vuelva a encenderse la próxima vez que se abra la ventana de los afectos.

- En medio de esa fragilidad, llegó el momento más extraño de todos. Al final del proceso llamado “observación clínica”, y mientras me realizaban una punción pulmonar casi de despedida del proceso, varios médicos debatían por dónde y cómo entrar para efectuar el drenaje. El más veterano, con ese aire de quien ya ha visto demasiadas despedidas y demasiados regresos, fue finalmente el elegido para orientar a los jóvenes. Cuando terminó, y al ver que yo sonreía mientras le felicitaba por el respeto que le profesaban sus compañeros, apoyó su mano en mi hombro y me dijo, medio en broma y medio en sentencia: “El día que no se valore la opinión de los expertos, el mundo habrá caído en manos de los necios”.

-
Hoy termino aquí. La fatiga aún acompaña, sí, pero también una alegría tranquila: la de saber que sigo avanzando, que cada día trae un pequeño regalo y que la vida, incluso en sus curvas más inesperadas, siempre deja una rendija por donde entra la luz. Pasado mañana sigo, con ganas de seguir contándolo.

20/03/26

Los brazos que no se ven

Pequeños gestos que alargan la vida, acercan las almas y dibujan mañanas más amables

Imagen obtenida con la ayuda de la IA de Microsoft

20 marzo 2026

- Cuando hablo de estirar los brazos siempre lo hago en broma, como si fuera una travesura inevitable de la edad. Que si alargarlos para poder leer lo que ya no vemos, que si para alcanzar los calcetines sin negociar con la gravedad, que si para rascar ese punto de la espalda que parece puesto ahí para recordarnos que, a veces, necesitamos de otro para sentirnos completos. 

- Pero hoy no hablo de esos brazos. Hoy hablo de los otros, de los invisibles, de los que no salen en las radiografías, pero sí en la vida. Hablo de esa forma de estirar los brazos que no busca distancia, sino cercanía; que no pretende alcanzar objetos, sino almas. 

- Esa forma de abrirlos que aprendemos con los años, cuando descubrimos que lo esencial no se toca con las manos, sino con la intención. 

- Esos brazos que se alargan para abrazar sin prisa, para sostener sin exigir, para acompañar sin ruido. Esos brazos que, cuando los extendemos, hacen que el mundo sea un poco más amable, un poco más habitable, un poco más nuestro. 

- Y quizá ahí esté la clave del futuro: en seguir aprendiendo a estirarlos así, no para alejarnos de lo que cuesta, sino para acercarnos a lo que importa.

Nota fuera de tiempo:
Mi Santa Madre solía decirme —yo ya adolescente, pero aún dispuesto a escucharla— que los abrazos verdaderos son aquellos en los que el alma se asoma al cuerpo, y el cuerpo se deja tocar hasta el hueso. Que cuando dos espaldas se encuentran y dos pechos se rozan, no es la carne lo que importa, sino ese temblor silencioso que nos recuerda que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos bien.


¿Semana Santa: tradición, fiesta o folclore?

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