20/02/26

Aquellos domingos, estos domingos

Un viaje de la infancia a la madurez con la misma luz de fondo

20 febrero 2026

- Hay días que parecen hechos de memoria. El domingo (al que va veo asomarse por el calendario semanal), por ejemplo. Durante años fue un territorio sagrado, un pequeño paréntesis donde la vida se permitía ser amable incluso cuando alrededor todo parecía crujir tras una dura situación de postguerra como la que vivimos, en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado en nuestro País.

- Hoy el mundo ha cambiado, pero la fragilidad sigue siendo la misma: basta un mal titular o una mala racha para que uno sienta que todo se tambalea. Quizá por eso sigo defendiendo el domingo como un acto de resistencia íntima. 

- Yo deseaba que fuera domingo. Era el día en que mi padre nos llevaba en golondrina hasta el Faro de Barcelona o nos sentaba en aquellas sesiones matinales de cinerama que parecían inventadas para que los niños creyéramos en lo imposible. Después venía el vermut con patatitas de bolsa de colores y, por la tarde, Sarriá y nuestro Espanyol. Mamá remataba la fiesta con sus macarrones de corte redondo, con mucharnóns, y yo, como siempre, acababa chupándome los dedos mientras todos me recordaban lo marrano que yo era comiendo. 

- Ay, aquellos domingos. Hoy los domingos tienen otro ritmo. Ya no corro, ya no llego tarde a nada, ya no tengo que salvar semanas enteras en un solo día. Ahora los domingos me encuentran a mí, no al revés. Y cuando veo a cualquiera de mis nietos y me sueltan esa frase sonriente que me abrillanta los ojos: “Avi, si estás aquí es que es domingo". Luego un reparto de abrazos que hacen que mis ojos sigan brillando.

- Entiendo que el tiempo no se pierde: se transforma. Quizá esa sea la enseñanza que uno solo descubre con los años. El domingo no es un día: es una actitud. Es la decisión de detenerse, de mirar alrededor, de agradecer lo que permanece y de aceptar lo que cambia. Es un recordatorio de que la vida, incluso con sus grietas, sigue ofreciéndonos pequeños rituales capaces de sostenernos. Feliz domingo, amigos y amigas. Aprovechadlo. El tiempo no vuelve, pero nosotros sí podemos volver a él con otra mirada, más sabia, más tranquila, más nuestra.

18/02/26

Cuando la calma por fin se queda

Reflexiones a los setenta y siete, ya retirado de todo, sobre cómo la ansiedad dejó de tener la última palabra

Antoine de Villiers

18 febrero 2026

- Durante mucho tiempo conviví con una inquietud que no sabía nombrar. Era como un zumbido de fondo, una alerta permanente que no hacía ruido pero tampoco descansaba. Me acompañó en días buenos y en días torcidos, como si formara parte del equipaje obligatorio de la vida adulta.

- Y un día, sin fanfarrias ni epifanías, dejó de estar.

- No fue una victoria heroica. Fue más bien un desgaste natural, como cuando la marea se retira y te das cuenta de que la playa siempre estuvo ahí, esperando. Con los años y ya son casi setenta y siete, aprendí a escucharme sin miedo, a respetar mis ritmos, a no correr detrás de lo que no me pertenece. Y en ese gesto tan simple, la ansiedad perdió su trono.

- Hoy, retirado de todo lo que un día me ocupó y me aceleró, miro hacia atrás con una mezcla de ternura y alivio. No digo que la ansiedad haya desaparecido para siempre. Sería poco realista. Pero ya no manda. Ya no dicta mis días ni mis noches. Ahora soy yo quien decide cuándo abrir la ventana, cuándo caminar más despacio, cuándo dejar que el mundo siga su curso sin mí.

- Quizá eso sea hacerse mayor. O quizá sea simplemente aprender a vivir sin prisa, sin demostrar nada, sin esa urgencia que antes parecía imprescindible. Lo cierto es que esta calma no me llegó de golpe: la fui construyendo, equivocándome, levantándome, aceptando que la vida también se disfruta cuando uno deja de pelear con ella.

- Al final, no mataron mi ansiedad. La transformé. Y en ese cambio descubrí algo inesperado: que la serenidad también se aprende, que la alegría puede ser un hábito y que, a estas alturas, lo mejor que tengo es el tiempo… y la libertad de vivirlo a mi manera.

16/02/26

La Bella Senectud

Un recordatorio de que aún queda vida para quien decide mirarla de frente.

Fotografía de Internet

16 febrero 2026

- Andaba muy preocupado intentando convencer a uno de mis mejores amigos (esos que solemos llamar, amigos de toda la vida, o sea, nacidos a finales de los cuarenta), para que deje de repetirme a menudo que lo único que le queda es pasar pronto a mejor vida pues ya no se siente ni útil, ni necesario para nadie.

- Intento convencerle de que no hay mejor vida que la que uno quiera tener, qué aburrirse de ella no es algo que merezca atención alguna y que, recordando aquella letra de una inolvidable canción, habrá que decir que la alegría y las ganas de vivir van con la persona.

- Pasar a mejor vida no siempre consiste en eso de iniciarla en un local o edificio de servicios postvida, no, no es eso, pasar a mejor vida es pasar a esa otra vida en la que te puedes permitir que todo te importe un bledo. Esa en la que nadie te hace la agenda; esa en la que nadie te busca para nada; esa en la que ya te importa un pimiento llevar el teléfono abierto o no; esa vida en la que puedes pararte a leer un libro en medio del océano urbano sin que nadie te interrumpa; esa vida a la que antes creías un aburrimiento y que hoy es o te parece, una vida intensa, llena de reflexiones, de sensaciones, de tiempo para pensar. Es como vivir a cámara lenta … es como vivir en bolas dentro de una película de arte y ensayo en V.O. Es la bella senectud, hoy también denominada vida 3.0.

- Y quizá eso es lo que mi amigo aún no ve: que no se trata de despedirse de nada, sino de aprender a mirar de otra manera. Que la vida no se acaba cuando uno deja de ser imprescindible, sino cuando deja de sentirse vivo por dentro. Y ahí, por suerte, siempre queda margen. Siempre queda un gesto, una curiosidad, una conversación, una risa inesperada que te recuerda que sigues aquí, que sigues siendo tú. A veces, pasar a mejor vida es simplemente decidir que esta (la de ahora, la que tenemos entre manos), todavía merece ser vivida con calma, con humor y con un poco de descaro.

14/02/26

Agradecer, vivir, seguir

 Un homenaje a la vida, al amor y a todo lo que aún nos espera

Desde el Castillo de Santa Bárbara, Alicante, 13/02/2011

14 febrero 2026

- Hace quince años todavía era yo capaz de subirme al Castillo y hacer fotos como la que hoy dejo aquí. El tiempo pasa deprisa, implacable, como decía Pablo Milanés en una de esas canciones que se te quedan dentro para siempre. Y sin embargo, cuanto más rápido corre, más consciente soy de lo afortunado que he sido y de lo que sigo siendo.

- Porque al final la felicidad no está en grandes gestas ni en conquistas imposibles. Está en amar y dejarse amar. En el cariño de los hijos, en el amor de tu vida, en la risa de los nietos que te devuelven a la infancia sin pedir permiso. Está en vivir, simplemente vivir, con todo lo que eso implica: alegrías, tropiezos, aprendizajes, sorpresas y esa colección de momentos que, cuando los miras con calma, forman un mapa precioso.

- He tenido la suerte de disfrutar de logros conseguidos con esfuerzo, humildad y mucha imaginación, tanto en lo profesional como en lo social y lo familiar. Y he comprobado que la vida, igual que el mundo del trabajo, es generosa con quien sabe caminar sin envidia, sin soberbia y sin ambición desmedida. Si das lo mejor de ti, ella te devuelve más de lo que esperas. Siempre.

- Ser feliz no es un destino, es un oficio. Un oficio que se aprende viviendo una vida plena de amor, aventuras, éxitos y fracasos. Y qué importantes son los fracasos, porque sin ellos no habría camino, ni carácter, ni historias que contar. Todo cobra más sentido cuando se comparte, cuando lo vivido se convierte en un puente hacia los demás.

- Hoy solo quiero dar las gracias. A la vida, por tanto. Por lo que me dio, por lo que me quitó y por lo que aún me tiene preparado. Y aunque el futuro inmediato se presente con nubarrones, sigo creyendo que merece la pena mirar hacia adelante con optimismo. Porque la vida, incluso en sus días grises, siempre encuentra la manera de sorprenderte.


12/02/26

Cuando lo sencillo vuelve a ser extraordinario

Crónica íntima de un cansancio que enseña, y de una chispa que insiste en seguir viva

Dariusz Klimczak-Surreal Photo Manipulations

12 febrero 2026

- Tuve ayer un día agotador aún y no habiendo hecho nada para estar como si hubiera subido andando al Himalaya, pero, no, no es eso, las sesiones de Rehabilitación en el Hospital a días alternos tienen la culpa.

- Seguramente me cansa más ver que la mejora es una quimera y que el gran esfuerzo que hago pudiera servir para poco o para nada. Raro en mí, pero el día empieza con una parte de mi forma de ser que ya había olvidado. Existe el cansancio ... ¿cansancio? ¿de qué?

 Tomo mi café de madrugada, me visto para la ocasión (rehabilitación), y abrazo la parte herida de mi alma, la abrazo, la agito y le doy calor. Vivir, saber vivir la vida, no es un don, ni siquiera un placer, es una necesidad que solo se aprende, curiosamente, cuando más cerca estás de que pueda terminarse y es entonces, justo entonces, cuando las cosas que parecen sencillas se convierten en … extraordinarias.

Y así, mientras avanzo a trompicones por este camino extraño, descubro que algo dentro de mí sigue encendido. Una chispa pequeña, testaruda, que no se rinde. Quizá no sea la fuerza de antes, pero es suficiente para recordarme que cada día trae un matiz nuevo, una posibilidad mínima, un gesto que me sostiene. Y con eso, por ahora, me basta para seguir."

- Listo amor: "Sí, cariño" ... vivamos.

10/02/26

La única certeza

Cuando todo parece inquietar, descubro que mi paz tiene un nombre

Pintura de Elena Montull

 10 febrero 2026

- Me preocupa ... ¿qué es lo que me preocupa?

- No sé, quizás no sepa muy bien que es lo que me preocupa.

- Tras este largo fin de semana que para mí empieza el llamado "viernes la nuit" (donde nos juntamos amigos que ya llevamos juntos desde el año 98), y que continua con las reuniones familiares, hasta la misma noche del domingo, descubro que no, que no tengo preocupaciones que me hicieran creer que mi vida será un imposible en cuanto doble la esquina, no obstante, sé que existen, pero ... ¿cuál o cuáles son?

- Más tarde cuando entro en mi mundo de soledad deseada (siempre con los ojos cerrados, noche muy entrada y cabeza en la almohada de nuestra cama), alargo la mano y la poso en su cuerpo, sí, esa es mi preocupación, Ella. ¿Qué haría yo sin ella?

- Como si me oyera, Ella me coge la mano y envuelta en un adorable y cercano susurro oigo su voz que me pregunta: ¿Estás bien, cariño? ... sí, ahora sí ... y me dormí... y así sigo, sin grandes certezas, pero con la única que importa: que mientras Ella esté, todo lo demás encuentra su sitio.

08/02/26

Lo que permanece encima de mi mesa

La historia de un objeto, un gesto y una huella


08 febrero 2026

- A veces me gusta volver a ciertos recuerdos que no se marchan, y hoy he querido traer de nuevo uno de esos que siempre me acompañan. Hace ya mil años (unos cincuenta y seis, que ya son mil en según qué cosas), coincidí en mi primera obra como aparejador responsable, con gente a mi cargo (en una empresa constructora que no fue otra que CYT y la obra era la del Metro de Plaza España a Paralelo, en mi querida Barcelona natal), con un ingeniero alemán que venía a pasar unos meses con nosotros en un intercambio profesional entre becarios de aquí y de otros países de Europa. Él tendría casi 30 y yo apenas 21. Me enseñó muchas cosas: de la profesión, de la forma de trabajar, de organización, de ordenación y hasta de civismo laboral. 

- Pero lo que más me marcó llegó el día de su despedida, cuando se volvió a su Liebe Erde. Me regaló un cartabón numerizado para medir distancias y ángulos sobre el papel de forma rápida. Un artilugio sencillo, práctico, único. Lo usé toda mi vida y aún hoy descansa sobre mi mesa de despacho, como si siguiera esperando la siguiente medición. Cada vez que lo miro me trae un recuerdo extraño, reconfortante y grato. Con los años he entendido que no lo conservo por lo que es, sino por lo que representa. Igual que guardo otras pequeñas cosas que me recuerdan a quienes hicieron algo bueno por mí, aunque fuese un gesto mínimo. Es mi manera de no olvidar, de mantener cerca a quienes dejaron una huella sin proponérselo. 

- Recuerdo que un día, hace ya más de treinta años, un compañero (que ya murió), me preguntó de dónde había sacado aquel magnífico cacharro. Acabé contándole que en este precioso camino hacia no sabemos dónde, y que consiste en andarlo de modo llevadero, yo procuraba rodearme de cosas que me recordaran a personas que hubieran hecho algo bien ante mí, para no olvidarlas cada día. Mi amigo me preguntó si era por eso que siempre estábamos juntos y se puso a reír. Yo también. Hoy, cuando lo recuerdo, la risa se mezcla con una punzada dulce, de esas que no duelen del todo porque vienen envueltas en cariño. 

- El tiempo pasa, sí. A veces demasiado deprisa. Pero sigo creyendo que la vida se sostiene en estas pequeñas cosas: un objeto que te mira desde la mesa, un gesto que no se olvida, una amistad que sigue viva, aunque falte el amigo. Y mientras pueda seguir levantando la vista y encontrándome con esos recuerdos que me acompañan, seguiré pensando que este camino (largo, corto, incierto), merece la pena.

Aquellos domingos, estos domingos

Un viaje de la infancia a la madurez con la misma luz de fondo      20 febrero 2026 - Hay días que parecen hechos de memoria. El domingo (al...