Aprender a vivir con los años sin dejar de vivir
30 septiembre 2026
- Hay una edad, esa que mi amigo Ernesto y yo bautizamos con una sonrisa como la de “cierta edad”, en la que el cuerpo comienza a enviarnos mensajes que hasta entonces parecían reservados para otros. Una molestia que se instala, una limitación inesperada, una prueba médica más frecuente de lo deseado o una recuperación que ya no llega con la rapidez de antaño.
- De repente, comprendemos con más claridad que la vida tiene un horizonte. Como si antes no lo hubiera tenido. Y, sin embargo, la verdad es que siempre estuvo ahí. A lo largo de los años hemos visto marcharse a familiares, amigos y personas conocidas cuando menos se esperaba. La fragilidad nunca ha sido patrimonio de la vejez; simplemente, con el paso del tiempo dejamos de ignorarla.
- Aceptar esta realidad no es sencillo. Nadie recibe con entusiasmo la noticia de que sus fuerzas disminuyen o de que algunas capacidades ya no son las mismas. Pero tal aceptación no tiene por qué convertirse en resignación. Hay una gran diferencia entre rendirse y comprender.
- La resignación mira hacia lo que se pierde. La aceptación agradecida contempla todo lo que se ha recibido.
- Quienes hemos llegado hasta aquí con cicatrices, recuerdos y experiencias sabemos que cada año vivido ha sido también un regalo. Hemos amado y hemos sido amados. Hemos reído, llorado, construido familias, cultivado amistades y compartido momentos que hoy forman parte de nuestro tesoro más valioso. Nada de eso desaparece porque el calendario siga avanzando.
- Además, muchos vivimos sostenidos por un lazo que consideramos eterno: el amor. Ese amor que une generaciones, que permanece incluso cuando la distancia o las ausencias se hacen presentes, que sigue acompañando nuestros pasos cuando las fuerzas flaquean. Es una riqueza que no aparece en los análisis clínicos y, sin embargo, es una de las medicinas más poderosas que existen.
- Por eso conviene resistirse a una tentación tan humana como peligrosa: la de convertir cada limitación en un motivo de tristeza permanente. La enfermedad merece respeto, atención y cuidados, pero no tiene derecho a ocupar todo el espacio de nuestra existencia. Seguimos siendo mucho más que nuestros diagnósticos, nuestras dolencias o nuestras preocupaciones.
- Mientras amanezca un nuevo día, sigue habiendo razones para agradecer, para aprender, para compartir una conversación, para ofrecer una sonrisa o para contemplar la belleza sencilla que nos rodea. La alegría no consiste en ignorar las dificultades. Consiste en no permitir que ellas nos roben el privilegio de seguir viviendo.
- Quizá la verdadera sabiduría de los años sea esta: comprender que la vida continúa siendo hermosa incluso cuando ya no es tan fácil. Y que la mejor respuesta al paso del tiempo no es la tristeza, sino la gratitud.
- Porque no se trata de contar los años que nos quedan, sino de seguir llenando de vida los años que aún nos esperan.

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