Una lección de infancia que aún sostiene mi manera de vivir
31 julio 2026
- De pequeño, en aquellos años en que las calles eran nuestro campo de juego y la pelota la hacíamos con trapos, papel y gomas de atar (lo que encontrábamos), volví a casa después de una tarde de travesuras con los amigos destrozando persianas a pelotazos y manchando puertas de los vecinos del Pasaje San Pablo de mi ciudad natal. Subí las escaleras de un tirón, todavía con la respiración acelerada, y le solté a mi madre una frase que había escuchado por ahí: “Dice Joaquín que cuando falta lo necesario se ve quién es de verdad buena persona y te lo da todo”.
- Ella se agachó, me cogió por los hombros, me miró a los ojos —como hacía siempre— y respondió: “Enric, ojalá nunca tengas que comprobarlo, pero dile a Joaquín que tiene razón”.
- Hoy, más que nunca, me acuerdo de aquel día. Esa enseñanza me acompañó siempre: me hizo estar alerta, trabajar, asumir responsabilidades y ayudar a quien lo necesitaba buscándole empleo o dándole soluciones respetables en los que demostrar su interés por salir de ese bache.
- Con los años he visto que esa forma de vivir es la única que sostiene la dignidad en tiempos como estos, cuando algunos no tienen para comer y otros se endeudan imprudentemente para viajar a las Bahamas o para ir a una final de fútbol.
- Yo sigo fiel a aquella mirada de mi madre, la que me enseñó que la bondad real aparece cuando la vida aprieta y no cuando todo es fácil. Y también aprendí que ayudar no es un gesto grandioso, sino una forma de estar en el mundo: atento, responsable, dispuesto a sostener a quien de verdad lo necesita. Esa conciencia, nacida de una frase escuchada de niño, ha sido siempre mi guía.

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