11/10/26

Vida, amor, familia

Fotografía de Rene Maltete

11 octubre 2026

- Hace justo diez años escribía sobre una de las enseñanzas más profundas que recibí de mi padre. Con el paso del tiempo he descubierto que algunas palabras envejecen y otras, por el contrario, crecen. Las suyas pertenecen a este último grupo. Hoy siguen acompañándome con la misma fuerza que entonces, quizá incluso con más.

- El más grande filósofo que jamás haya conocido fue mi padre. No necesitó tratados ni cátedras para transmitir sabiduría. Le bastaba la vida. Esa vida observada con atención, vivida con honestidad y compartida con generosidad.

- Solía decirme que la felicidad no era un objetivo, sino una consecuencia. Una afirmación sencilla en apariencia, pero que encierra toda una manera de entender la existencia. Cuando somos jóvenes solemos perseguir la felicidad como quien persigue un destino lejano. Con los años comprendemos que, en realidad, aparece cuando hemos sabido recorrer bien el camino.

- Él repetía una y otra vez que había tres pilares fundamentales, tres realidades íntimamente unidas entre sí. Una llevaba a la otra de forma natural, como las piezas de un mismo engranaje. Si una faltaba, las demás terminaban debilitándose. Si una florecía, acababa impulsando a las otras.

- Necesité mucho tiempo para entender la profundidad de aquellas palabras. La experiencia se encargó de confirmarlas una y otra vez. Porque las cosas verdaderamente importantes rara vez llegan de golpe. Se construyen día a día, con esfuerzo, con constancia, con afecto y con la capacidad de mantener el rumbo cuando soplan vientos contrarios.

- Hoy, al volver la vista atrás, sigo encontrando en aquellas conversaciones una brújula fiable. Mi padre me enseñó que la felicidad no se encuentra tanto en lo que poseemos como en lo que somos capaces de construir y compartir. En los valores que nos sostienen, en las personas que caminan a nuestro lado y en el amor que somos capaces de entregar sin esperar nada a cambio.

- Por eso, al recordar sus palabras diez años después de haberlas escrito, vuelvo a sentir la misma convicción: la vida merece ser vivida intensamente, celebrada agradecidamente y compartida generosamente. Porque al final son los vínculos que creamos, el amor que ofrecemos y recibimos, y la familia que nos acompaña los que dan verdadero sentido a nuestra existencia. Y es precisamente ahí, en ese encuentro entre vida, amor y familia, donde la felicidad deja de ser una búsqueda para convertirse en una consecuencia natural.

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Fotografía de Rene Maltete 11 octubre 2026 - Hace justo diez años escribía sobre una de las enseñanzas más profundas que recibí de mi padre....