Reflexiones a los setenta y siete, ya retirado de todo, sobre cómo la ansiedad dejó de tener la última palabra
Antoine de Villiers
18 febrero 2026
- Durante mucho tiempo conviví con una inquietud que no sabía nombrar. Era como un zumbido de fondo, una alerta permanente que no hacía ruido pero tampoco descansaba. Me acompañó en días buenos y en días torcidos, como si formara parte del equipaje obligatorio de la vida adulta.
- Y un día, sin fanfarrias ni epifanías, dejó de estar.
- No fue una victoria heroica. Fue más bien un desgaste natural, como cuando la marea se retira y te das cuenta de que la playa siempre estuvo ahí, esperando. Con los años y ya son casi setenta y siete, aprendí a escucharme sin miedo, a respetar mis ritmos, a no correr detrás de lo que no me pertenece. Y en ese gesto tan simple, la ansiedad perdió su trono.
- Hoy, retirado de todo lo que un día me ocupó y me aceleró, miro hacia atrás con una mezcla de ternura y alivio. No digo que la ansiedad haya desaparecido para siempre. Sería poco realista. Pero ya no manda. Ya no dicta mis días ni mis noches. Ahora soy yo quien decide cuándo abrir la ventana, cuándo caminar más despacio, cuándo dejar que el mundo siga su curso sin mí.
- Quizá eso sea hacerse mayor. O quizá sea simplemente aprender a vivir sin prisa, sin demostrar nada, sin esa urgencia que antes parecía imprescindible. Lo cierto es que esta calma no me llegó de golpe: la fui construyendo, equivocándome, levantándome, aceptando que la vida también se disfruta cuando uno deja de pelear con ella.
- Al final, no mataron mi ansiedad. La transformé. Y en ese cambio descubrí algo inesperado: que la serenidad también se aprende, que la alegría puede ser un hábito y que, a estas alturas, lo mejor que tengo es el tiempo… y la libertad de vivirlo a mi manera.
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Lo de vivir a tu manera lo es todo.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muchas veces vivo en un ruido que ya ni cuestiono. Está ahí, como si fuera lo normal. Y no siempre lo es.Me doy cuenta de cuántas cosas hago por inercia, por costumbre, por ese miedo a parar que a veces ni reconozco. Y al pensarlo con calma, llego a una conclusión sencilla: no todo lo que me acelera es imprescindible. Si la calma puede construirse con los años, equivocándose y aceptando límites, entonces no es un sueño raro ni algo reservado a otros. Es un proceso. Y eso cambia mucho las cosas.Empezando por quitar a la ansiedad de su pedestal.
ResponderEliminarYo aún no lo he logrado. Pero estoy convencido de que cada etapa trae su aprendizaje, también sus errores. La meta, queramos o no, está más cerca con el paso del tiempo. Y quizá de eso se trate: de ir colocando cada cosa en su justa medida.
Certera reflexión, querido amigo Enrique. ¡Excelente realidad!
ResponderEliminarSi bien la "sabiduría" no es inherente, per se, a la edad, sí lo está en este caso en quien cumplirá este año esos setenta y siete que ya reclamas!
¡Yo ya los he cumplido!
¿Significado personal en mi caso? ¡Simple!
Suena ahora de fondo en mi blog esa melodía tan especial que cantaba mi amiga Belén años ha!
¡Uno de los sonidos que, cuál brisa otoñal, acompaña la vida del que ansía vivirla!
Gran abrazo, amigo. Insustituible crónica diaria. :)))))