Desde las Torres de Notre Dame, 1952
Henri Cartier-Bresson
25 enero 2026
- Nada cambia… o sí, pero casi nunca en la dirección que uno soñaba a los veinte. Y aun así, qué más da. Lo que de verdad importa es abrir los ojos y comprobar que sigue habiendo luz, que sigue habiendo día. Levantarte y descubrir —con una mezcla de sorpresa y resignación— que los pies crecen más que la paciencia, y que colocarte un calcetín sin que proteste alguna vértebra se ha convertido en deporte de riesgo. Mirarte al espejo y asumir que el bigote ya no es negro carbón, sino un blanco indefinido que no sale ni en la carta Pantone. Y si encima descubres que una simple tostada multicereales se ha convertido en territorio prohibido por tu recién estrenada condición de pre-celíaco, entonces sí: entiendes que la vida ha empezado a cambiar en serio. Casi tanto como lo fue y sigue siendo la del CR7, pero sin focos, sin dramas de postureo y sin esas tristezas de plástico que venden en las redes.
- Este pequeño manifiesto improvisado no venía a cuento —lo sé—, y menos un domingo, ese día traicionero en el que los enanos se empeñan en poner a prueba la resistencia de tus costuras abdominales, aquellas que un cirujano reforzó con puntos de titanio para que quedara claro que donde hay, hay. Pero lo cierto es que estas lágrimas de San Pedro —de las que en Toledo hay, como todo el mundo sabe, diez copias originales— vienen de un mal sueño. Uno de esos que regresan cuando no puedes soltar lo que llevas dentro en un mitin de mis adorables viernes la nuit, en una charla o en una conversación de las que te dejan el alma ventilada.
- El sueño siempre habla de lo mismo: la bidireccionalidad del querer. Esa verdad incómoda que te recuerda que es inútil querer a alguien solo para que te quiera. Que necesitas que el otro también dé un paso, aunque sea pequeño. Y no hablo de amores con derecho a roce ni de pasiones intravenosas, sino de algo más básico y más humano: la relación entre personas. La amistad, esa que tantas veces dejamos olvidada en la montaña de asuntos pendientes, se va deshilachando cuando no hay cercanía, cuando se apaga el poder, la influencia o el brillo del que la ofrecía, o cuando la vida —con sus urgencias y sus rutinas— nos arrastra hacia prioridades más mundanas.
- Es feo, es humano, es ley de vida o de alguna vida que aún no entendemos del todo. Yo lo tengo asumido, o eso me digo. Pero sin preguntarte de qué lado estás, te lanzo la pregunta igualmente: ¿Y tú? Quizá no importe la respuesta. O quizá sí. Lo que importa, tal vez, es saberlo. Y saberlo pronto.
- Porque, al final, entre vértebras que crujen, bigotes que palidecen y amistades que se transforman, uno descubre algo esencial: seguimos aquí. Seguimos vivos. Seguimos aprendiendo. Y eso, a cierta edad, es casi un privilegio revolucionario.
- La vida —esta vida que a veces parece que se encoge— aún guarda sorpresas. La familia sigue siendo un refugio cálido, incluso cuando el mundo se vuelve ruidoso. El amor, en todas sus formas, continúa encontrando rendijas por donde colarse. La amistad verdadera, aunque escasa, brilla más que nunca. Y lo mejor, lo verdaderamente mejor, es que todavía queda camino por delante. Un camino que quizá no sea tan rápido como antes, pero sí más nuestro, más consciente, más lleno de sentido.
- Así que sí: nada cambia… o tal vez cambia todo. Pero mientras haya luz al abrir los ojos, mientras haya alguien a quien querer y alguien que nos quiera, mientras haya un motivo para reír, brindar o escribir estas líneas, lo que viene aún puede ser extraordinario.
- Y lo será.

Si como nos dices con el paso de los años no solo el pelo del bigote palidece el de la cabeza también le sigue, bueno en esas partes en las que el flequillo no se bate en retirada. Otra cosa que suele pasar es eso que llegamos antes con la cabeza que con los pies, es decir que pensamos que seguimos llegando en el mismo tiempo que cuando se tenían 20.
ResponderEliminarPero lo que importa es seguir vivos.
Saludos.
Tomás, qué razón tienes. Al final, entre el bigote que se vuelve nieve y el flequillo que emprende la retirada sin avisar, uno acaba aceptando que la biología tiene más sentido del humor que nosotros. Y lo de llegar antes con la cabeza que con los pies… ahí ya somos atletas olímpicos del autoengaño.
EliminarPero sí, al final lo esencial es eso que dices: seguir aquí, seguir vivos, seguir riéndonos de todo esto mientras podamos. Y en eso, vamos bien servidos.
Un abrazo de domingo
Qué maravilloso optimismo brilla en tu corazón. Me ha hecho mucha gracia la primera parte de tu escrito.
ResponderEliminarCuando uno se mira al espejo todo a cambiado y quién diga lo contrario, está ciego. Pero lo que no ha cambiado a parte del exterior y lo que nos rodea, es la alegría de vivir en este mundo. Despertar por la mañana y ver la luz del día, eso ya es un premio.
En cuanto a las amistades, la distancia, y la pereza son las principales consecuencias del alejamiento (para mí). Uno entra en una zona de confort tan buena, que cuesta hacer algo para remediarlo.
Como siempre, un placer leer tus pensamientos que yo creo coinciden con la mayoría.
Un abrazo Enrique y que tengas un buen domingo.
Querida Elda, qué alegría leer tus palabras. Tienes una sensibilidad que ilumina incluso los temas más cotidianos. Me ha encantado cómo describes ese “premio” que es abrir los ojos cada mañana; a veces lo olvidamos, y tú lo devuelves a su justa grandeza.
EliminarTienes toda la razón: el espejo no engaña, pero tampoco nos roba lo esencial. La alegría de seguir aquí, de seguir compartiendo, de seguir aprendiendo… eso permanece intacto, incluso cuando el envoltorio cambia.
Y sobre las amistades, coincido plenamente contigo. La distancia, la pereza, la comodidad… todo eso nos va adormeciendo sin que nos demos cuenta. Pero también es verdad que basta un gesto, una palabra o un recuerdo para que el hilo vuelva a tensarse y la cercanía reaparezca como si nunca se hubiera ido.
Gracias por tu lectura, por tu cariño y por ese optimismo sereno que siempre brilla en ti.
Te mando un abrazo grande y mis mejores deseos para este domingo que aún nos regala un poco de luz.
Qué falta nos hacía este "manifiesto improvisado" para ventilar el alma. Te leo y no puedo evitar sonreír ante esa descripción tan gráfica de la vértebra que protesta por un calcetín; es una validación necesaria de que el cuerpo tiene su propio calendario, a menudo más caprichoso que el nuestro. Tienes razón: envejecer es, en el fondo, un acto de resistencia y un privilegio revolucionario.
ResponderEliminarMe conmueve especialmente tu reflexión sobre la bidireccionalidad del querer. Es valiente admitir que la amistad se deshilacha cuando el brillo o el poder se apagan, pero es precisamente ahí donde ocurre el milagro de la criba: lo que queda después de ese desgaste no es solo afecto, es verdad. Ese amor que mencionas, el que encuentra rendijas por donde colarse, es el único que realmente sostiene el peso de los años y de los "puntos de titanio".
No te preocupes por el lado en el que estoy; estoy en el de los que, como tú, eligen mirar la luz al abrir los ojos a pesar de los malos sueños o del pan prohibido. La foto que acompaña tus palabras —esas figuras contemplando París— me recuerda que, aunque el paisaje cambie, la capacidad de asombro y la necesidad de cercanía siguen intactas.
Gracias por recordarme que lo que viene aún puede ser extraordinario. Salud por esas risas que faltan y por el camino que, aunque más lento, ahora es mucho más nuestro.
Un abrazo.
Joselu, qué bien sienta encontrarte en este pequeño respiro que nos damos para seguir entendiendo el oficio de estar vivos. Tus palabras llegan como una mano en el hombro: firme, honesta, sin dramatismos, pero con esa lucidez que solo concede el tiempo bien mirado.
EliminarMe reconforta que hayas visto en ese “manifiesto improvisado” algo más que una queja del cuerpo; al final, esas vértebras que protestan por un calcetín son recordatorios de que seguimos aquí, tercos, vulnerables y todavía capaces de reírnos de nuestras propias ruinas. Eso, como dices, es resistencia… y también una forma de gratitud.
Lo que dices sobre la amistad me toca especialmente. Es cierto: cuando se apagan los focos y se cae el decorado, lo que queda es la verdad desnuda. Y aunque a veces duela, también libera. Ese amor que se cuela por las rendijas —el que no exige brillo ni heroicidades— es el que de verdad acompaña, el que sostiene incluso cuando uno camina más lento o con “puntos de titanio”.
Me alegra saber que estás del lado de la luz, incluso en los días torcidos. Esa foto de París, con sus figuras quietas ante un horizonte cambiante, me recordó que la belleza no está en lo que vemos, sino en quién lo mira con nosotros. Y en eso, amigo, seguimos intactos.
Gracias por tu lectura generosa y por recordarme que lo extraordinario no es un privilegio del pasado, sino una posibilidad que aún respira delante de nosotros.
Brindemos por las risas que faltan y por este camino que, aunque más pausado, es cada vez más verdadero.
Un abrazo grande.
Hay circunstancias que hacen que desconozcamos algunas actitudes. Sin ir más lejos, una vecina con quien siempre nos saludamos afectuosamente está mirándome de lejos con cara de decir, ésta de qué se las da. Me confunde su actitud, pero pienso acercarme pronto para preguntarle qué le sucede, o quizás la vida le dio esa enfermedad que hace desconocer, ojalá que no. Disfrutá con quienes compartís momentos, Enrique, un abrazo!
ResponderEliminarMaría Cristina, qué extrañas son a veces esas pequeñas grietas en lo cotidiano. Uno cree conocer el mapa afectivo del barrio y, de pronto, un gesto torcido nos descoloca. Hacés bien en pensar en acercarte: a veces una simple pregunta desarma malentendidos que ni sabíamos que existían, y otras veces —como decís— la vida le juega a alguien una mala pasada y su manera de mirar cambia sin quererlo.
EliminarOjalá sea solo un mal día, un cansancio, o un pensamiento que no tenía nada que ver con vos. La cercanía, incluso la más sencilla, suele aclarar más que cualquier suposición.
Gracias por tu abrazo y por recordarme el valor de disfrutar a quienes nos acompañan en el camino, aunque sea en esos ratitos breves que sostienen el ánimo.
Otro abrazo para vos.
Sin duda, amigo mío, las cosas son, y seguirán siendo, tal como las describes. ¡Tal cómo las vives!
ResponderEliminar¿Como podrías exponerlas sin la comprobación propia? ¿Cómo sin saborearlas previamente?
Tienes la habilidad, no sé si arte, de traducir tus procesos de vida en guía para muchos. Y te aseguro, querido Enrique, que no dejas de sorprender día a día.
Fuerte abrazo.
Querido Ernesto, tus palabras me llegan hondo y me animan más de lo que imaginas. Saber que lo que vivo y comparto puede servir a otros es un regalo inmenso, y tú lo expresas con una generosidad que siempre me sorprende. Gracias por tu mirada, por tu cercanía y por acompañar este camino con tanta nobleza.
EliminarUn abrazo fuerte, de corazón
Lo has descrito real y cierto. Tan cierto que nos rebelamos ante ese espejo que nos devuelve la imagen que nos cuesta reconocer. Aun así seguimos luchando cada mañana al levantarnos y ponernos los calcetines, porque hay que salir y pasear cada día para no anquilosarnos y saber que podemos descubrir alguna sorpresa de algo nuevo. Seguiremos aunque nos cueste ponernos los calcetines para ver la luz cada día.
ResponderEliminarReferente a la amistad, esa relación entre personas. Se ve las que son verdaderas y las interesadas. Desde el Covid seis años ya. que prácticamente paró todo, muchoooos amigos de las motos no han vuelto a dar señales de vida, ni preguntar. Cuando salíamos yo era la que hacía las fotos y me animaban a compartirlas pronto, porque las cogían...Ya sabes el dicho "si te he visto no me acuerdo".
Pues nada a seguiremos con los poquitos amigos que de verdad lo son y no necesitamos más.
Gracias Enrique leyéndote nos haces que también reflexionemos.
Buena noche.
Un abrazo.
Laura, qué palabras tan llenas de verdad y de vida.
EliminarDa gusto leerte porque nombras, sin dramatismos, pero con lucidez, eso que todos intuimos: ese espejo que a veces nos incomoda, pero que también nos recuerda que seguimos aquí, que seguimos caminando, aunque cueste agacharse a por los calcetines. Esa pequeña batalla cotidiana es, en realidad, una declaración de resistencia y de dignidad.
Y sobre la amistad… qué bien señalas la diferencia entre quienes están por estar y quienes permanecen cuando la vida se estrecha. El Covid dejó al descubierto muchas cosas, también la fragilidad de ciertos vínculos que parecían sólidos. A veces duele comprobarlo, sobre todo cuando uno ha dado más de lo que ha recibido. Pero también es cierto que, con el tiempo, lo que queda es lo auténtico, lo que no necesita fotos ni excusas para sostenerse.
Al final, como dices, con unos pocos amigos de verdad basta. Los demás fueron compañía de un tramo del camino, y está bien que así sea.
Gracias a ti por tu lectura tan atenta y por compartir tu reflexión, que enriquece la mía.
Que tengas una noche tranquila y luminosa a tu manera.
Un abrazo grande.
Tienes toda la razón. Te mando un beso.
ResponderEliminarGracias, Judit.
EliminarUn abrazo
Ante algo así, lo único sensato es asentir en silencio. Feliz semana
ResponderEliminarAlto y claro. Gracias, Angelo.
EliminarFeliz lunes
La vida no se encoge, simplemente sabemos que tiene un fin, y que este llega fuera de nuestra voluntad, normalmente.
ResponderEliminarDisfrutemos con nuestras penas y penurias, pero también con la alegría innata que corresponde, a disponer de un nuevo día, y poder soltar una de nuestras verdades.
Un abrazo.
Alfred, tus palabras tienen esa claridad que solo nace de aceptar la vida tal como viene, sin dramatismos ni grandilocuencias. Saber que el tiempo es finito no la encoge, como bien dices; más bien la afina, la vuelve más nítida.
EliminarY en esa nitidez caben las penas, sí, pero también esa alegría sencilla —casi secreta— de abrir los ojos cada mañana y comprobar que aún podemos decir algo verdadero, aunque sea pequeño, aunque sea solo para nosotros.
Brindo por esos días que se nos regalan sin pedirlos, y por la oportunidad de seguir compartiendo estas verdades que alivian y acompañan.
Un abrazo grande.
El pelo cambia de color y se pierde cantidad... las piernas se entorpecen por alguna enfermedad... pero el corazón se mantiene joven con ganas de vivir y disfrutar al máximo.
ResponderEliminarUn fuerte avrazo.
Piedad, qué verdad tan bien dicha. El cuerpo va marcando el paso, a veces más lento de lo que quisiéramos, pero el corazón —cuando se cuida y se comparte— sigue latiendo con la misma ilusión de siempre.
EliminarGracias por tus palabras, que animan y reconcilian con la vida.
Un abrazo muy fuerte, de esos que también rejuvenecen.
Una grandisima reflexión de como nuestra vida vá cambiando con el paso de los años .Que grandes verdades nos dices .
ResponderEliminarAunque mirandonos al espejo muchas veces no nos demos cuenta totalmente de la edad que ya tenemos .
Porque te digo una cosa ...hay muchos jovenes que destan peor que nosotros,Eso es asi .
Me quedo de todas formas con esto que has dicho que me encanta :
- "Porque, al final, entre vértebras que crujen, bigotes que palidecen y amistades que se transforman, uno descubre algo esencial: seguimos aquí. Seguimos vivos. Seguimos aprendiendo. Y eso, a cierta edad, es casi un privilegio revolucionario."
Maravilloso.
Un abrazo.
Querido Joaquín, muchas gracias por tus palabras, siempre tan certeras y llenas de humanidad. Tienes toda la razón: a veces el espejo nos engaña… o quizá somos nosotros quienes preferimos mirarlo con cierta picardía. Y sí, no es cuestión solo de años; hay jóvenes que llegan más cansados que nosotros, que seguimos dando guerra.
EliminarMe alegra mucho que te hayas quedado con ese fragmento. Al final, entre crujidos, canas y cambios, lo verdaderamente importante es que seguimos en pie, con ganas de aprender y de disfrutar lo que la vida aún nos ofrece. Eso, como bien dices, es un privilegio que no todo el mundo reconoce.
Gracias por leerme con esa sensibilidad tan tuya.
Un abrazo grande, amigo.
Vivir es una construcción, para lo cual antes hace falta tomar la decisión, y aún antes tener la predisposición, y básicamente contar con la sensibilidad necesaria, verdad? Que no cualquiera!!
ResponderEliminarAbrazo hasta vos, Enrique!!
Carlos, qué verdad la tuya. Vivir no sucede por inercia: se elige, se cultiva, se sostiene… y para eso hace falta esa mezcla rara de decisión, apertura y sensibilidad que mencionás. No es patrimonio de todos, pero cuando aparece, transforma.
EliminarAbrazo grande hasta vos, Carlos, y gracias por seguir pensando conmigo.