Estábamos en la cola de la Caja X. Delante, un hombre de mi edad, encorvado, con su chándal, sus bambas y su compra entre las manos. Tenía cara de susto y un aire de estar un poco perdido. Al llegar el momento de pagar, la cajera le dice que no llega con lo que ha puesto sobre el mostrador: unas monedas y unos billetes arrugados que había soltado abriendo el puño. El hombre, de acuerdo con la chica, empieza a retirar productos… y, de pronto, detrás de mí, escucho la voz de mi otra mitad diciendo: “No, no, páselo todo”.
Ese “todo” fueron apenas unos pocos euros más, pero bastó para que tanto la cajera como ella, mi otra mitad, acabaran con los ojos enrojecidos y unas benditas lágrimas asomando. El hecho no tendría mayor importancia si no fuera por el acto de solidaridad que ella tuvo… y por el arrepentimiento que me provocó a mí no haber sido capaz de decirlo antes que ella. Pero lo más curioso y sorprendente fue que el hombre, con una expresión bondadosa y una mueca casi de perrito agradecido, nos dijo: “Gracias, muchas gracias” (sonriendo tristemente), “luego paso y les dejo un cheque”.
- Seguramente mi admirable y agradecido compañero de cola vive en otro mundo. Su felicidad, probablemente, irá ligada a una buena parte de su aparente ignorancia. Pero a mí, a nosotros, nos transmitió algo que no se puede explicar, aunque sí nos puso, una vez más, los pies en la tierra. Cuando le pregunto a madtlv, hoy y aquel día, tras el bendito acto de nuestra cola en Carrefour, me dice algo que me hiela la sangre: “Enrique, debe ser horrible verse así, sin poder pagar, sin poder vivir”.
- Es muy bonito vivir, muchísimo, pero a veces se nos olvida que para, quizás, demasiados también es muy difícil.
Ese amor de toda tu vida, hizo el mejor de los actos de amor por el prójimo, una de las enseñanzas de nuestro Señor.
ResponderEliminarQué bonito gesto, a mí también se me han llenado los ojos de lágrimas. Y me encanta que lo hayas compartido.
Un abrazo Enrique y buena semana.